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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.151

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En cuanto a Cleopatra, su aparición empobreció a todas las bellezas que la custodiaban y volvió a ser Venus rediviva. Bajo su baldaquino, hecho de brocado de oro, había sido colocado un lecho de piedra calcárea que al recibir las insinuaciones del sol,
se tornaba rosada como las montañas de Tebas. Recostada sobre pieles de pantera, rodeada por niños vestidos de amorcillos y abanicada por esclavos hercúleos, se recostaba la hermosa con su desnudez apenas aliviada por el tenue capricho de la seda.
Sus damas se presentaban unas como nereidas, otras como sirenas. Encendían con sus encantos los deseos de los marineros y añadían a la suntuosidad de la escena la gracia de sus evoluciones. Una de ellas, completamente desnuda y coronada con algas de bronce, afectaba dirigir el avance de la nave, encaramada al timón y con los brazos en alto. Todo el velamen se inflaba bajo la maniobra de aquel cuerpo tan suave. Y desde el malecón se lanzaban al agua los efebos más apuestos de Antioquía, deseosos de recoger entre sus labios las flores que arrojaban otras esclavas, encaramadas a su vez a los mástiles cuya altitud rodeaban por entero guirnaldas de flores salvajes, desconocidas en aquellas latitudes. Y la costa se llenó con los perfumes que esparcían cien esclavos etíopes, envueltos en terciopelos de rojo encendido. Pero en esta ocasión no teñían el aire con el negro toldo del luto, sino con las rosadas tonalidades del deseo.
-Si esto es el esplendor de Oriente, comprendo que Antonio ponga tanto empeño en conquistarlo -exclamó el rústico Fonteyo Cápito, bebiendo ávidamente.
-¿Viaja siempre tan ligera de ropa o sólo se debe al calor de Siria?
-El calor de Siria está, haciendo estragos en el ánimo de Antonio. Pues ano diríais que parece presa de una fiebre tumultuosa?
No supo precisar si se mofaban de él o si manifestaban su envidia en forma de chanza. En cualquier caso, le correspondía aceptar la ley no escrita de la camaradería y soportar dobles entendidos, golpes en la espalda y libidinosos pronósticos a cuenta de la reina de Egipto en su primera noche siria junto al procónsul de Roma. Después de lo cual se colmó la paciencia de Antonio, y por primera vez en su vida decidió que sus esperanzas amorosas le pertenecían sólo a él y no estaba dispuesto a compartirlas.
-¡Basta ya! -exclamó a voz en grito-. Enviadle rápidamente un emisario. Que le transmita mi invitación para cenar esta noche. Y que acuda también mi esclavo Eros. Conviene arreglar este palacio hasta que quede a la altura de una soberana.
Enobarbo tomó la mano de su compañero. Y dijérase que la diversión contribuía a tostar más aún el trigo de su barba.


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