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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.51

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enseñar a Cesarión todo cuanto a mí me han enseñado sobre el pasado de nuestro pueblo. No dijo nada más.
-Poco importa que dejase deslizar una mentira. Ella misma dejó a mi criterio cuál era el momento de deshacerla.
-¡Que llegue de una vez este momento, Epistemo!
-Ha llegado. Así, pues, atiende. El consejo que te eligió no era el de los sacerdotes. Fuimos la reina y yo. Hace siete años.
-Los que tiene Cesarión. Y yo tendría... diez, a lo sumo...
No pudo continuar. Un vértigo desconocido se apoderó de él. Sintióse transportado por una nube de indecisión en absoluto segura. Podía dejarle caer en cualquier instante. Podía precipitarle en un abismo cuyo fondo le aterraba descubrir.
-En efecto -prosiguió Epistemo-. Tenías diez años cuando se decidió tu educación.
-Pero llevaba mucho más tiempo en el santuario. A veces mis superiores bromeaban sobre mi veteranía. Si les preguntaba algo acerca de mis orígenes me decían que casi había nacido ante el altar de Isis.
Volvió a interrumpirse. Inesperadamente, se aferró a las manos de Epistemo y clavó en ellas sus uñas.
-¡Mi cabeza está a punto de estallar ante tantas coincidencias! Ayúdame tú. Hay muchas cosas de mi vida que ignoro y que ansío conocer de una vez. Demasiadas cosas que, desde niño, me convierten en un extraño entre los hombres. No sólo carezco de recuerdos de cualquier existencia anterior a mi ingreso en el santuario. Es mucho más, Epistemo. Nadie me dijo quiénes fueron mis padres, y hoy llegas tú para recordarme que sin duda los tuve. Añades dudas a las que ya albergaba. ¿Por qué tu interés por mí? ¿De dónde procede? Hace sólo media jornada no nos conocíamos, pero al verme me llamaste por mi nombre. Y me preguntaste si fue feliz mi infancia en esta provincia. Yo mismo ignoraba que había nacido en Tebas, pues mis superiores no me lo confesaron hasta hace pocas semanas. ¡Pero tú conocías esta circunstancia y al poco de hacérmelo saber añadiste que, hace años, trataste a mis padres! Y para engañar mis posibles suspicacias, adoptaste una apariencia de frivolidad que en nada te corresponde.
-No estoy autorizado a hacerte más revelaciones. El elegido no puede tener pasado. Sólo se le concede el que conviene al trono.
Totmés retrocedió, horrorizado.
-¡Me habéis convertido en una invención pensada a la medida de un trono!
-De un príncipe.
-¡Es igual de monstruoso! Por este niño, a quien ni siquiera he visto, habéis manipulado mi vida. No estoy hecho según la voluntad de los dioses, como siempre creí. Incluso en esto me mintieron. Existo por el resultado de una intriga atroz.


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