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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.48

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Se mostraba nervioso, vacilante. Y Epistemo notó en su rubor el latir de una pregunta que no se atrevía a formular. Hasta que, por fin, estalló:
-Aunque soy poco dado a inmiscuirme en la vida de los demás, hace ya horas que siento una gran curiosidad por conocer el significado de ciertas palabras de Carmiana, la doncella de la reina... -necesitó tomar fuerzas para proseguir-: ¿Por qué te recomendó cautela ante el rey Herodes?
-Porque a Cleopatra no le gustaría que su dolor se convirtiera en motivo de chisme puesto en boca de semejante botarate.
-Sin duda no has entendido mi pregunta...
-La he entendido perfectamente. Quieres que te diga de una vez que soy el embajador de Cleopatra en la corte de Herodes. -Se echó a reír-. ¿Es una estratagema para conseguir una invitación a mi villa de Judea?
Totmés quedó sorprendido ante lo fácil que le había resultado obtener aquella revelación.
-¿Esto eres? -preguntó.
-Esto soy y no otra cosa -yen voz más queda, añadió-: Por un mismo derecho a las confidencias, me decido a preguntarte acerca de las habladurías que circulan sobre ti..:
Totmés volvió a adoptar su característica actitud de cautela.
-Temo que el político suplante de nuevo al amigo, Epistemo. Si ya te he dado muestras de afecto y sinceridad, ¿por qué no me concedes el derecho al silencio?
-Porque sé mucho más de lo que tu silencio cree ocultar. Por ejemplo, sé que nunca regresarás a tu santuario. Y sé que lo lamentarán tus superiores, pues eres dulce y bondadoso y el primero en los estudios de las cosas del cielo, aunque un poco rezagado en la comprensión de las que corresponden a este bajo mundo. Como puedes ver, estoy informado. Incluso puedo asegurarte que sé adónde te diriges y quién te espera.
-Todo esto no son habladurías sino espionaje.
-¡Noble disciplina! -exclamó Epistemo-. Es la más útil para servir a Cleopatra en la
corte de Herodes. Pero también para reconocer a quien hemos dado en llamar el elegido.
-No sé de qué me hablas.
-Cese la ficción. Tú eres el elegido.
Enmudeció Totmés. Y era tan torpe en el disimulo que empezó a temblar mientras
pretendía parecer despreciativo.
-Doblemente elegido. El que ha de servir al trono. El que ha de ser, al mismo tiempo, mi aliado. En ambos casos equivale a servir a Egipto.
-No quiero escucharte. Porque comprendo que intentarás desviar mi lengua hacia
donde mi corazón no pensaba dirigirse.
-Noble dirección. Pues va hacia el príncipe.
En este punto, Totmés pareció derrumbarse por completo.
-¿Al príncipe dices?


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