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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.46

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Pues la suya había quedado humillada por la desnudez y aun por la sensación de haberse visto rechazada. Y mientras Dictias batía palmas solicitando la presencia de sus sacerdotisas se atrevió a preguntar:
-¿Me traerá la diosa visiones de Antonio? ¡Quiero verle! Quiero saber qué hace en este instante. Si todavía me ama, renegaré de mí misma por haberle insultado. Si le veo sufrir en la distancia, sabré perdonarle.
Sólo la autoridad que acababa de renacer dio fuerzas a Dictias para arrojar una mirada de desprecio a la que un día fuese su pupila.
-¡Hembra estúpida! ¿Pretendes comprometer a los grandes misterios de la Creación en tus ardores de gata insatisfecha? Antes te dije que estabas en tu templo, no en tu prostíbulo. Pero tú caes más bajo todavía al confundirlo con un mercado. Allí se encuentran las mujerucas tuertas que leen la mano a las matronas y preparan mejunjes para las doncellas y hacen aparecer en bolas de cristal la efigie de los maridos que están de viaje. Todo esto y muchas otras magias encontrarás en los mercados y hasta en las ágoras, pero no en los recintos sagrados donde se veneran los misterios del cielo.
La reina de Egipto se arrodilló, avergonzada, y fueron necesarias dos sacerdotisas para ayudarla a levantarse. Así la condujeron por una intrincada serie de pasadizos que llegaron a formar un dédalo retorcido, un juego de gargantas impenetrables. Era como adentrarse en las profundidades del mundo. Era un ovillo de piedra que se iba enredando progresivamente y daba paso a escaleras que descendían a criptas
subterráneas para, después, remontarla de nuevo hacia el cielo por peldaños tan estrechos que se veía obligada a apoyarse en los muros a fin de no resbalar. Y sólo las antorchas que portaban las sacerdotisas iluminaban por un breve instante la infinita acumulación de jeroglíficos que la rodeaban. Invocaciones a la diosa, a los miembros de su familia y a ella misma.
La dejaron en una pequeña estancia de paredes completamente desnudas. Y quedó sumida en la oscuridad mientras el aire se llenaba de un vaho insólito, profundo y dulce a la vez. Y en esta nebulosa irreconocible, quedó dormida la soberana de las Dos Tierras.
En el exterior del templo, en el gran patio, Epistemo seguía los pasos del joven sacerdote de Isis. Sonreía al pensar que, una vez más, los papeles habían cambiado. Pues si bien fue el mancebo quien se unió a él en un principio, desvió al poco sus pasos para iniciar un paseo en solitario, absorto ante las imágenes que sus ojos contemplaban por vez primera. Y al complacerse en aquella figura inmaculada que avanzaba lentamente entre las nuevas construcciones del templo, pensó que dos mundos se enfrentaban y que él, Epistemo, era testigo excepcional del gran combate.


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