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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.44

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Al ver humillada tu grandeza, calla la diosa su voz, que llevaba atronando desde siglos. Sólo tú puedes devolvérsela, Cleopatra. Sólo tú siendo tú misma.
-Todo lo mío se lo llevó Antonio. Si algo queda es el recuerdo de un sueño.
-Fue un lujo para Roma que lo soñase la más grande entre todas las hijas de Egipto.
¿Ha de ser tu propia ruina el regalo de bodas que ofreces a un amante objeto?
Cleopatra la abofeteó con un odio que restituía la majestad en forma de tiranía.
-¡No hables así de Antonio! Hasta para execrarle es sólo mío.
-Así hablaré de él y así hablará la diosa. Y todos los dioses de Egipto lo repetirán, pues Cleopatra no tiene el valor de hacerlo. Ea, basta ya, que me cansa recordar a los reyes lo que nunca debieron olvidar. ¿Vivimos en el fin de los tiempos, que la más grande de las reinas ha de verse destruida por un borracho? No podría aspirar a más el estiércol de Roma ni a menos el esplendor de Egipto. ¿O habrá de recordarse todavía? Cuando nació esa Roma, cien reyes egipcios habían dominado el mundo. Eras una niña y lo sabías. Ahora que eres mujer, lo has olvidado.
-Los cien reyes de Egipto no han conseguido ayudarme en mi agonía.
-Si no vuelas más allá de este dolor, serás maldita. Y mira bien que ese presagio te llega por dos caminos. Te lo arroja el oráculo de Hator y a la vez una amante enloquecida.
-Yo llegué a ti en busca de amor. Sí, noble Dictias. Antonio se llevó mi espíritu, después de poseer mi cuerpo en tantas noches de Alejandría. Quise recuperarme en otros brazos, pero todos me repugnaban y así llegué a los tuyos. Dicen desde muy antiguo que el amor de las mujeres es el más completo, y sé que hasta las diosas lo practican. Vine a tu amor, buscando una salida de mi laberinto.
-Eres cruel, Cleopatra. Porque vienes a buscar curación en una pobre agonizante. Pero al mismo tiempo eres estúpida, pues habiendo sido asesinada en el amor pretendes revivir entera por el amor, que es el más incongruente de los sueños, cuando no la más tirana de las pesadillas. Si te esclavizó una vez, ¿a qué ofrecerte en el mismo mercado? Ni amor de hombre ni de mujer ni aun de diosa ha de servirte. Todos los amores son
uno y mismo. La tumba de las voluntades y el vino que se agrió recién servido.
-Sigue ese vacío espantoso en el alma. Y tengo miedo.
-Cúbrete para que no tengas que sentir, además, vergüenza.


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