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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.41

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¡No me mires! Eres perversa. Eres cruel. Me matabas cuando eras el fantasma que aterroriza mis noches y hoy llegas desde lo más profundo de mi delirio para matarme doblemente.
-Si me quieres como siempre dijiste, ayúdame.
-¿Cómo podría yo, si necesito más ayuda que todas las criaturas que agonizan en el mundo? Vivo aterrorizada por tu fantasma asesino. Cuando se apodera de mí durante el día, me consumo esperando que llegue la noche, pues pienso que el sueño se lo llevará, que me dará consuelo portándome visiones más serenas. Pero llega el sueño y es aún peor, porque vuelve la criatura del delirio. Y contra ella no hay defensa. Y eres siempre tú, puta imperial. Haces de mí la más dócil, la más indigna de todas las perras de Egipto. ¿Cómo quieres entonces que te ayude? ¿Cómo podría la que a nada aspira?
Dirigió una señal a los rincones más oscuros. Fue como si los jeroglíficos que se escondían entre las tinieblas cobrasen vida y se le acercasen, portando las ánforas del vino. Eran ninfas solícitas, casi niñas Cumplían el servicio con una sonrisa parecida al deseo, que íbanse intercambiando entre ellas mismas. Y en la culminación de sus excesos, la gran sacerdotisa dejó de lado la crátera que una de las ninfas le llenaba y se aferró a sus piernas, buscando la piel bajo el lino blanco.
Pero al sentirlo, la arrojó lejos de sí y regresó a los pies de la reina. Los besaba con desesperación, los bañaba con sus lágrimas.
Ay, Cleopatra. Tu fantasma contiene la más cruel de las perfidias. ¡Por tu culpa hasta los cuerpos que destilan miel son para mí fuentes de absenta´
-Mírame bien, Dichas. Tienes ante ti a la majestad de Egipto, que busca al oráculo de la diosa del amor. Pero si puedes sentir piedad ante una mujer abandonada, olvida todo protocolo y acaricia esta piel cuya dulzura han cantado los poetas. Despójame de mis vestiduras, mujer, y goza de mí. Y si existe algún placer posible en este mundo donde la muerte del amor asesinó a todos los goces, entonces dígase que Cleopatra resucitó donde nadie esperaba que lo hiciese. Ni siquiera ella misma.
Arrodillada aún, Dictias veía el cuerpo de la reina erguido ante ella como una soberbia escultura de las que el nuevo estilo hacía florecer en los talleres más selectos de Alejandría. Era como un bloque de mármol veteado en leves estrías, un mármol que se levantase, apenas profanado, impoluto todavía, en el primer suspiro de la invención del arte. Y esto la hacía más parecida a un sueño que cualquier fantasma nacido del delirio.
Pero de repente, la estatua se arrodilló a la altura de la sacerdotisa y sus manos tomaron las suyas y las llevaron a la altura de los senos para que los encerrasen.


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