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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.40

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-No os vayáis -gritaba ella-. No me dejéis sola El fantasma está a punto de llegar. ¡Está aquí! ¡Lo veo!
Dictias retrocedió, y palpaba el aire con las manos, como buscando un refugio entre las tinieblas.
-No me dejéis sola con ella. Protegedme de su magia.
Y corría entre las columnas, daba saltos feroces, rasgaba las tinieblas con las uñas, hasta que el muro principal le impidió seguir retrocediendo.
-¿De qué habla? -preguntó Cleopatra.
-De un fantasma. El de una mujer. Se le aparece siempre que bebe. Y como bebe tanto, se ha convertido en huésped permanente del templo.
Las otras sacerdotisas cambiaron miradas de inteligencia y se echaron a reír. Pero al ver en ello una burla despiadada, Cleopatra arrebató el abanico de una de las doncellas y le golpeó brutalmente el rostro. Las demás callaron, intimidadas.
-Creo conocer a este fantasma. Y me apetece incorporarlo -dijo Cleopatra, en un tono quedo y misterioso, cuyo sentido escapó a sus acompañantes.
Dejó caer el manto y apareció su cuerpo entero bañado por los reflejos que la luna enviaba por las aberturas laterales. Y sus miembros se transparentaban a través de las tenues gasas que los envolvían. Y sus senos parecían a punto de brotar por encima de las ristras de piedras preciosas que, rodeándolos, los sujetaban.
Empezó a avanzar organizándose en todos los ardides de una coquetería ancestral y refinada a la vez. Se cimbreaba al modo de las danzarinas profesionales. Y miraba con la fuerza de una heroína trágica.
Diríase en efecto un fantasma. Y Dictias, al verla entre aquella alternancia de luces y sombras, emitió un aullido pavoroso y cayó postrada de rodillas.
Se aferró a los relieves del muro. Y gritó:
-¡Vete de una vez, fantasma odiado! ¡No me arrastres contigo a los infiernos!
De pronto la reconoció. La quimera había tomado cuerpo. Tenía piel, tenía carne, tenía una sonrisa de serpiente. Y, como ella, sabía hechizar las voluntades.
Quiso ocultarse a aquellos ojos pintados como los de una meretriz. Pero el muro la había atrapado. Pareció tragarse su propio grito:
-¡Déjame sentir tus miembros para saber que eres Cleopatra!
-Si lo fuese, ¿qué efecto ha de producirme ver a mi gran sacerdotisa reducida a la categoría de una esclava? Y no sólo la categoría, según observo. Igual tu voluntad. ¿Tanto pudo anularla la bebida?
Tendió su mano hacia ella. Dictas la besó con fervor. Sus labios llegaron hasta el brazo, pero se interrumpieron ante las ajorcas de oro en forma de serpiente.
-No quiero que veas mi rostro, Cleopatra. Es como enfrentarse a la vejez. -Se apartó rápidamente-.


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