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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.38

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Pero los portadores los acercaban ya al gran templo, instalado en los confines de la tierra cultivable, adentrándose en las dunas del desierto. Aunque estaba por concluir –y en conseguirlo tenía particular empeño la reina Cleopatra-, el santuario aparecía ya como una mole soberbia, de una elegancia sobrenatural, como un pedazo de eternidad surgido en un paisaje casi desnudo; un paisaje que, de repente, perteneciese a otro planeta. La luna proyectaba sobre el cielo una claridad espectral, propicia a la más inesperada revelación mística. Y era tanta la intensidad de aquella luz que llegaba a esconder el fulgor de las estrellas.
El templo estaba rodeado por una muralla de ladrillos que lo aislaba del mundo concediéndole el inapreciable don de la privacidad. Y sólo los andamios de los artistas que, de día, cincelaban miles de inscripciones en las paredes laterales invitaban a sospechar que hubiese vida humana en aquel recinto reservado a los dueños del cielo.
1 Actual Dendera
Mientras Totmés paseaba, maravillado, por los edificios secundarios, la litera de Cleopatra se detenía delante del pórtico y la reina descendía envuelta en un manto rojo que le restituía su majestad perdida. Y llegó, apresurada, una sacerdotisa de grado superior a quien rodeaban otras cinco que portaban sendas antorchas.
Vestían túnicas de lino blanco, y Cleopatra reconoció en ellas a esas jóvenes de nobles familias, princesas incluso, que desde tiempos inmemoriales, consagran su vida al servicio de la diosa. Y a pesar de lo avanzado de la hora no vio en sus caras rastros de sueño, y sí una cierta agitación que no se debía a lo inesperado de su visita ni a las obligaciones del culto. Sonrió la reina, pues no ignoraba que algunas noches pueden resultar muy agitadas en la clausura de los templos. Y que las sacerdotisas se ponen en trance de gata ardorosa cuando les da el plenilunio.
-¿Cómo no ha salido a recibirme la noble Dictias?
No esperó que le abriesen el paso. Se encontraba ya en el vestíbulo v continuaba avanzando. La sacerdotisa se apresuró a colocarse a su lado. Y, todavía nerviosa,
titubeó:
-Debiste anunciar tu visita con antelación, señora.
-Nunca necesitó hacerlo la reina de Egipto. ¿Desde cuándo tanta insolencia? ¿O acaso
los templos que mando construir me excluyen de su culto cuando llego como humilde suplicante de Hator?
La sacerdotisa se ruborizó. No se atrevía a mirarla directamente.
-Te suplico que no prestes una interpretación equivocada a mis palabras. Jamás me hubiera atrevido a sugerir tal cosa a no ser... -calló unos segundos. Cleopatra la miraba con atención. Después de un silencio forzado, la joven se atrevió a decir-: Es porque encontrarás a la gran sacerdotisa en un estado lamentable.


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