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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.36

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Llegó a Alejandría mucho antes que César y cuando yo ignoraba aún todo el mal que la intervención de Roma significaba para Egipto. Mucho menos podía comprender que al pedir ayuda a Roma mi padre, el gran Auletes, nos ponía para siempre en sus manos. Tú me lo contaste mucho más tarde, Sosígenes, pero en aquellos tiempos yo estaba todavía al cuidado de las damas de mi madre. Y todas salieron al balcón cuando aquel joven guerrero hizo su entrada en el patio de palacio. Suspiraban ante su apostura y mis hermanas mayores se atrevieron a arrojarle flores a los pies, cual si fuese el vencedor de mil gestas en Olimpia. ¡Era tan gallardo, tan fuerte y se contaban de él tantas historias heroicas, tantos hechos escandalosos que quedó en mi mente infantil como uno de esos héroes invencibles que aparecen en los viejos cantares! Mucho tiempo hubo de transcurrir hasta que aquel héroe prodigioso me hizo la más feliz entre las hembras. Antes tuve que soportar el matrimonio con mi propio hermano, imbécil, que no sólo imberbe. Después, pasó César por mi vida. Pero al fin, el heroico Antonio vino a mi barca dorada como yo le había esperado: vestido de Hércules y rodeado por los alegres faunos de Dionisos. Y yo le abrí los brazos como él quería que fuese: encarnando a Afrodita que surge de la espuma del mar de Alejandría sólo para entregársele. Era mi héroe, Sosígenes. Y si un héroe de su temple se somete a un decreto de Octavio, significa que el mundo entero ha caído en la más atroz vulgaridad.
Sosígenes tomó su mano y la besó:
-Reina de Egipto: tu culto a los héroes te honra, pero no corresponde a nuestros tiempos. Mientras Octavio pretende erigirse en amo del mundo mediante la razón, tu Antonio se conforma ocupando tus sueños a base de heroísmo.
-Basta ya, Sosígenes. Prefiero el consejo de los dioses. Que ellos me hablen esta
noche por boca de la noble Dictias.
-¿Vas a recurrir a las supersticiones de este viejo buitre?
-Ella posee la ciencia milenaria de nuestros templos. Además, sé que me adora más
allá del exceso.
Su rostro se iluminó con una antigua sonrisa: la que había utilizado para subyugar a los hombres cuando las astucias del cerebro no lo conseguían. Era la sonrisa que devolvía la vida a su rostro, la que era capaz de transfigurarlo, convirtiéndola en la más hermosa de las esfinges. Era entonces cuando el mundo sucumbía ante un hechizo que nadie podía imitar y mucho menos explicarse. Contribuía a que una mujer que no era bella alcanzase la perfección de la belleza. Y nacía así la más fascinante entre las brujas.


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