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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.35

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-Podrás engañar a todos tus sacerdotes, pero no a mí, que te eduqué en las disciplinas de la mente, ni a tus amigas, que te desnudan por las noches y te visten cuando nace el día. El arrua que necesitas para enfrentarte a tu enfermedad no está en manos de los dioses, sino en las tuyas.
-¿Y cuál es el arma, consejero?
-La que te da tu propia inteligencia. Recupérala de una vez, Cleopatra. Tú corres a: encerrarte en las criptas de un oscuro santuario, vas a hundirte en las profundidades del mundo cuando tu remedio está en la superficie. Mira a tu alrededor y se te hará la luz. La explicación es ésta: Roma y Egipto enfrentados en un duelo a muerte. Y, presidiéndolo, el joven Octavio. Un raro ingenio, según dicen. Y en espíritu tan grave
como severo. É1 es quien nos maneja a todos.
-Comprenderás que éste no es el mejor momento para hablar de política.
-¿Lo sería si te atrevieses a suponer que tal vez Antonio no ha dejado de amarte?
Conociendo su carácter, no es fácil que la austeridad romana pueda compensarle de la voluptuosidad con que supiste envolver su vida.
Por un instante, Cleopatra se sintió traicionada.
-Fue una falsa voluptuosidad, Sosígenes, y tú lo sabes. Rodeé a Antonio de todos los placeres que podían retenerle a mi lado. Le di la voluptuosidad de la carne. Renové su asombro día a día, embriagando sus sentidos con los estímulos que Roma no puede darle: suntuosidad, exotismo y extravagancia hasta en el sexo. Por él fui tina sacerdotisa de la pasión. Pero conservé mi cerebro despierto.
-Entonces, ¿por qué se ha dormido de repente? ¿Por qué no piensa tu cerebro que Antonio todavía te ama con locura, pero se ha visto obligado a ceder ante una razón de estado?
Cleopatra se volvió con la cólera del basilisco.
-Porque le aborrecería mucho más. Puedo llorarle porque se enamorase de esa viuda romana, puedo detestarle al pensar que profanó mi lecho. Pero si supiese que ha sido tan débil corno para ceder ante una orden de Octavio, entonces le despreciaría
abiertamente. Pensaría que no conseguí que estuviese a mi altura.
Y Sosígenes se mostró extremadamente cauto al decir:
-Esta y no otra es el arma que necesitas para defenderte contra el amor.
-Un arma que desacreditase a Antonio sólo serviría para demostrarme que el amor de la reina de Egipto no vale nada. Tan estúpida me consideras como para llorar por alguien que no lo merece? Cuando vi a Antonio por primera vez era yo una niña, todavía propensa a cualquier ensoñación.


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