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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.30

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Acto seguido, se ha dejado caer sobre el lecho, sumida en un llanto patético. Ahora está al cuidado de Sosígenes. Y yo estoy por echarme a llorar porque en tantas adversidades veo la mano negra de alguna divinidad celosa de las gracias de Cleopatra. Quizás ofendiese a Venus-Afrodita al hacerse pasar por ella para excitar a su amante. Y la diosa se venga ahora con muy mal estilo, si me está permitido comentarlo. Pues cada hombre que la reina intenta abrazar para olvidarse de Antonio la va hundiendo más y más en la desesperación -súbitamente, detuvo su charla y examinó a Totmés con menosprecio-. Pero no sé si debo contar estas cosas delante de extraños...
-No es un extraño -dijo Epistemo-. Es alguien de quien oirás hablar muy a menudo. Y será para bien o no conozco yo mi oficio.
A Totmés le sorprendió la generosidad de aquella referencia, pues no había motivos objetivos que la justificasen. Sintió entonces que la corte estaba tendiendo sus redes. Y las consideró temibles, aunque llegasen bajo el disfraz del buen hacer.
-En cuanto a tu oficio, buen Epistemo, haz que se note -dijo Carmiana con una sonrisa melindrosa-. La reina te pide que no cuentes estos asuntos al rey Herodes cuando llegues a Judea. No desea que sepa cuán vulnerable puede ser una enemiga.
Epistemo se limitó a encogerse de hombros y a seguir a la doncella con una sonrisa melancólica aunque no exenta de satisfacción. Era como si el fracaso de Cleopatra encendiese en su interior promesas de victoria.
Pero había sembrado en el alma de Totmés más dudas de las que ya albergaba. Su voto de confianza a un joven sacerdote a quien veía por primera vez era digno de toda duda. Sus celos exagerados resultaban más dudosos aún si al poco de estallar tenía que pronunciarse tan favorablemente en favor suyo. Y las últimas palabras de Carmiana contribuían a acrecentar el misterio, pese a parecer completamente normales en una conversación entre antiguos conocidos.
Decidido a obtener alguna respuesta para tantas preguntas, el mancebo abordó abiertamente al criado de aquel gran señor desconocido:
-¿Qué quiso decir la doncella de la reina con las últimas palabras que ha dirigido a tu amo? -Pero el esclavo no contestaba. Y Totmés tuvo que insistir de nuevo-: ¿Por qué se refirió a Judea y al rey Herodes?
En la mirada del criado ya no brillaba la grosera socarronería de antes, sino una total indiferencia por cuanto sucedía a su alrededor. Era como si se encontrase mil años antes
o míl años después de aquellos sucesos. Y Totmés entendió que no conseguiría arrancarle una sola palabra. Pues al entrar al servicio del noble Epistemo había hecho voto de amnesia inmediata.


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