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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.29

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¡No lo bebas nunca en Alejandría! Querrán emborracharte con amores y al principio sentirás que nunca conociste un arrebato tan dulce. Pues dulce es el primer grado de su embriaguez, pero amargo el vómito que te conduce hasta el luto.
Y no hubo misterio mayor para Totmés que aquellos aforismos de un corazón herido. Le veía sangrar frente a él, sin acertar la causa. Era un dolor misterioso como la personalidad de Epistemo, tan cambiante. Pues el que hasta entonces fuese un alejandrino disfrazado de judío, parlanchín, extravagante y afeminado, se había convertido de pronto en un caballero poseído por tina vejez prematura: Y sólo entonces observó Totmés que su barba era blanca y sus facciones decrépitas. Pero este triunfo del Tiempo, que venía a recuperar sus derechos, le otorgaba una dignidad, un respeto que, paradójicamente, asustaba mucho más que su frívola apariencia anterior. En adelante, Totmés debería enfrentarse a un hombre de categoría, no a un payaso.
Epistemo continuaba acariciando el pañuelo de la reina cuando volvió a abrirse el camarote real. De nuevo apareció Carmiana.
-Por fin sabremos si el consuelo del Hércules fue eficaz -exclamó Epistemo, avanzando hacia la esclava.
Pero Totmés intentó retenerle, tomándole de la mano; fue un acto de inspiración más que de comprensión certera.
-No lo hagas -dijo, con dulzura-. Lo que te está dictando el corazón es algo malo.
Epistemo se deshizo de la mano de Totmés. Pero acarició su cabeza rapada. Y puso cariño al sonreírle.
-El corazón no habla a los castos. Esto, tontuelo, es el alma. Y el alma sólo ama a los dioses. Así es de estúpida.
Carmiana buscaba apresuradamente al capitán del barco entre los marineros que faenaban en la proa. Aparecía distraída, como si un exceso de ocupaciones la estuviese agobiando. Contestó sin demasiado interés a las preguntas de Epistemo:
-La reina ha ordenado que nos detengamos en Tintiris. Quiere hacer una ofrenda a la diosa del amor y postrarse a sus plantas a fin de que se sirva iluminarla.
-No me interesan los asuntos de Cleopatra. Háblame de su cuerpo. ¿Qué estímulos recibe bajo aquella masa de músculos?
Carmiana adoptó la actitud de una comadre amante del enredo y ansiosa de pregonar cualquier hablilla:
-Ha sido terrible, noble Epistemo. Terrible.
-¿Otra vez? -preguntó el hombre, ansioso.
-Ha sido un nuevo puñal en el corazón de la reina. Cuando aquel bruto, ataviado cual iba Antonio en sus bacanales, la estrechó completamente desnuda contra su pecho, Cleopatra se ha puesto a gritar lo mismo que una leona en trance de muerte. Golpeaba brutalmente su rostro con el puño cerrado, como si quisiera destruir tanta hermosura.


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