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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.24

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Para que naciese Alejandría.
Cuando aparecieron las montañas, a las que los nativos daban el nombre de Guardianas de la Eternidad, Totmés sintió un profundo estremecimiento, como si se presentase ante sus ojos todo el esplendor de un tiempo que jamás vivió, pero que era su propio tiempo y su sentimiento más profundo: el único que le correspondía. No ignoraba que los reyes de la familia de Cleopatra -¡reyes extranjeros!- habían osado abrir las tumbas de Tebas para satisfacer la curiosidad de los viajeros romanos, que convertían los restos del antiguo poder faraónico en objeto de curiosidad apto para saciar su afán de pintoresquismo, tan propio de nuevos ricos. Pero a su voracidad oponía Totmés aquella íntima sensación de estar ligado a una corriente indescifrable y, sin embargo, segura. En aquellas tumbas lejanas, en aquellos restos que le precedían en más de mil años, reconocía el augurio de su destino.
Volvió a la realidad, no bien Epistemo le conminó a que se apartase para dejar paso a la insólita animación que se había adueñado de la cubierta. Después de tres jornadas de luto, se anunciaba algún suceso excepcional. Iban de un lado para otro las camareras más próximas a la reina, se aprestaban los coperos mientras las esclavas libias buscaban los enormes abanicos de plumas y los lacayos arreglaban la litera que Cleopatra utilizaba para sus desplazamientos. Y Totmés confirmó que estaba a punto de producirse algún cambio en la monotonía del viaje.
Aunque pocos cambios podían sorprenderle tanto como los que se operaban en la voz de Epistemo a cada nuevo comentario sobre la reina. Al verle ahora, poseído por una ternura repentina, Totmés empezó a considerar lo poco que sabía de la condición humana. Su mente fue atravesada por un rayo que le mostró, en un segundo, todas las horas transcurridas en las oscuras estancias del iseion. Se vio a sí mismo creciendo lentamente, poseído primero por la fiebre de los dioses y, después, por la fiebre incesante del saber. Vio todos sus años resumidos en un solo segundo. Al niño que fue y al joven que era lo habían rodeado con una espesa muralla de conocimientos que están vedados al resto de los mortales. Pero antes de consagrarle en el altar divino, convirtiéndole así en el miembro más joven del culto, el gran sacerdote le reveló la verdad última; no la que se esconde tras el velo de Isis, como creen los profanos, sino aquella verdad que sólo se encuentra más allá de la mirada primera de la Creación. Y su luz fue tan intensa, que los ojos de Totmés quedaron presa de la ceguera divina.
Hoy volvía a cegarlos otra especie de fuego: brotaba de Epistemo y sus llamas ya no eran del cielo.


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