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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.23

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Y seguían recorriendo las estancias los gritos prolongados de Cleopatra. Gritos viles, indecorosos, que traspasaban el alma de los cortesanos como una confesión de impotencia. Y sonaron a intervalos durante toda la noche, y hasta más allá del alba,
como esos gemidos que el viento arranca a las norias que giran y giran junto al lago Moeris y hacen que los griegos, ingenuos, imaginen que son la voz de los difuntos.
Cuando ya el sol se encontraba en lo más alto de su viaje y llegaba el viento griego con su cargamento de aromas recogido al pasar por el mercado, cuando ya la ciudad vomitaba la agitación que ella misma creaba en sus entrañas, cuando las puntas de oro de los grandes obeliscos proyectaban mil espejuelos contra las academias de mármol, sólo entonces salió la reina de su alcoba y convocó de nuevo a quienes la intimidad había convertido en celosos guardianes de su angustia durante la pesadilla de la noche ya pasada.
Nada en su gesto la delató. Mantenía la augusta actitud que la hiciese temible corno contrincante. Todo en ella indicaba que podía gobernar el mundo entero aun debajo del palio que el dolor desplegaba sobre su cabeza. Pero algunos descuidos recordaban el combate mortal que había estado librando: los afeites se habían diluido con el sudor; los rizos del cabello, peinado anoche a la última moda de Atenas, aparecían deshechos, en greñas desordenadas, y la túnica, tan airosa ayer, se había convertido en un harapo.
AL poco, cien obreros empezaban a pintar de negro la nave de Cleopatra. Y las dársenas se llenaron de curiosos que propagaron el acontecimiento por todos los rincones de la ciudad. Se supo en los mercados y en los talleres, en los templos y en las bibliotecas, en las tabernas y en las mansiones de alcurnia. Y cuando ya la nave zarpaba hacia el corazón de Egipto, con las velas negras lanzando su mensaje de desesperación, los poetas a sueldo de la reina compusieron épodos melancólicos que recordaban cuán hermosa había sido aquella barca dorada en un viaje anterior, hacía ya muchos años. Cuando Antonio y Cleopatra remontaron el Nilo y lo llenaron de tanto amor que el propio río se avergonzó porque no cabía en su cauce.
A bordo de la nave enlutada, el joven sacerdote de Isis guardaba un devoto silencio, tanto le habían impresionado los recuerdos de Epistemo. Remontaban ya la parte más sinuosa de la región tebana, allí donde el río efectúa una amplia curva y permite contemplar, en la distancia, las montañas de piedra rosácea, los afilados riscos, los valles minerales en cuyo vientre se guardan los restos de reyes que hicieron la gloria de Tebas cuando ésta era reina del mundo y faltaban mil años para que el poder del Nilo se trasladase a orillas del mar.


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