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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.22

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Pues no se sabía si en el gesto desesperado de la madre había amor o furia de asesina.
En el singular combate entre la dignidad y el amor, triunfó la reina. Y halló restos de su empaque para dirigirse a sus dos damas preferidas:
-Nadie ha de decir que lloré en este día. Mucho menos vosotras dos, amigas que podéis convertiros en reos de indiscreción. Pues me visteis gritar en las torturas del parto y en ellas me mostré débil, de modo que si volvierais a ver mis lágrimas tomaríais también por debilidad lo que sólo ha de ser mi aprendizaje del odio. Pues es forzoso que esta noche la reina de Egipto consiga aborrecer al malnacido.
La vieron alejarse hacia sus estancias, completamente sola, con la espalda gibada, tambaleándose por primera vez en su vida y arrastrando el velo azul, color del Tiempo en Alejandría.
Las nodrizas descansaron más tranquilas al tener a la madre separada de los dos niños. Pues temían lo que siempre se ha escrito sobre las mujeres arrebatadas por la furia de un amor herido: que son en todo iguales a los cerdos, el más impuro de los animales de Egipto porque es capaz de devorar a sus cachorros.
Pero no era ésta la feroz disposición de Cleopatra, según pudieron oír, desde los oscuros pasillos del ala norte, las personas que formaban su pequeña sociedad. Y todas tuvieron ocasión de compadecerla cuando llegó, desde lejos, su agonía.
Atravesó salones, escalinatas y pasillos un aullido patético:
-¡Háblame, Antonio! ¡Háblame, malvado, que sólo siento un vacío espantoso en el alma!
Y así transcurrió la noche y fue como si la muerte pasease por los tejados de Alejandría. Y creyó la reina vislumbrar el negro manto de las parcas y escuchar el tétrico ladrido de los perreznos trífidos que suelen acompañarlas. ¡Alejandría, la ciudad única, origen y culminación del mundo, sólo era un camposanto adornado por grupos escultóricos que representaban a las horas más hermosas del amor!
¡Cuán distintas las tinieblas que cubrían los cielos de aquellas otras noches, alegres y encendidas, que vieron las orgías y triunfos del amado! ¡Cuántas noches recorrieron juntos, en la locura de una bacanal interminable, convertida hoy en un desfile de imágenes de muerte que emponzoñaban el alma cuando antes dieron fulgor a los sentidos! Alejandría, la ciudad divina, sólo era una pira gigantesca entre cuyas llamas ardían los despojos del amor perdido. Las luces, los gritos de placer, el ruido incesante de los carruajes o la música de las mil tabernas de los dos puertos demostraban que la ciudad seguía la acostumbrada algarabía de todas sus noches. Pero era inútil. ¡Ya no estaba Marco Antonio!


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