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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.21

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No recordé que Octavio sigue vivo. Mi amor retuvo a Antonio, quien a su vez te retenía a ti. ¡Pero sólo Octavio puede ordenarte que te vayas! Quédate, pues. Pero no como amigo, sino como invasor de mi tierra.
En otra circunstancia, las palabras de Cleopatra hubieran significado una afrenta que sólo una complicada intervención política conseguiría borrar. Pero en aquella hora del gran rechazo, cuando todo un fragmento de vida quedaba definitivamente a sus espaldas, la ira de la amante de Antonio no podía ofender ni sus improperios insultar. Por primera vez en su vida la regia hembra se encontraba frente a una evidencia que la dejaba más desnuda aún que el abandono: sus súbditos no retrocedían ante el estallido de su cólera, sus esclavos no se arrodillaban temiendo ser flagelados, los soldados no rendían las armas a su paso. Por el contrario, el joven capitán de la guardia balbuceaba para evitar las lágrimas -¡tan joven era!-,los cortesanos se acercaban a consolarla y sus dos damas, Iris y Carmiana, la acogían entre sus brazos para evitar que se desvaneciera.
La condujeron hasta el gineceo. Se apartaron las esclavas negras y corrieron los eunucos junto a Carmiana, para formularle mil preguntas sobre lo sucedido. El arpista ciego lloró lágrimas vacías por su reina. Y ella ofrecía tal lividez, su piel se había vuelto tan blanca, que pensaron si no habría probado alguna mascarilla de belleza que contuviese una excesiva cantidad de loto húmedo.
Allí, entre cortinas de seda, sobre un lecho de plumas, mucho más mullido por cuanto se levantaban sobre él montañas de almohadones de los más encendidos colores, dormían Alejandro Helios y Cleopatra Selene.
Tan divinos eran los gemelos que sus nombres invocaban a las fuerzas primordiales que existían ya antes del mundo y mucho antes de que empezasen a nacer los dioses. Alejandro era el Sol y Cleopatra era la Luna. Resplandecían como tales entre el esplendor de colores que avivaba aún más su sueño, tan blanco como los enigmas de la vida cuando todavía está por producirse. Y en la fuerza que a veces arrancaban al propio sueño, contrayendo el cuerpo, doblando hacia arriba las rodillas o batiendo el aire con las manitas cerradas; en este combate eternamente repetido que es el de la vida nueva contra el mundo que desconoce, demostraban ya la audacia que indican sus nombres. Cleopatra, así llamada para perpetuar el empaque de siete mujeres de la dinastía. Y Alejandro, el último dios que aceptó vivir entre los hombres y conducirlos a la altura de los Inmortales.
La reina estuvo a punto de arrojarse sobre los niños, pero las dos nodrizas -robustas y bonachonas, porque eran de una aldea del valle- se le acercaron, previsoras y asustadas a la vez.


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