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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.15

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Tantos como para agotar las fuerzas de cualquier gobernante que careciese de la pasión de Cleopatra. Pero la madurez le había enseñado una verdad primordial, pregonada de muy reciente en las escuelas más prestigiosas de su ciudad divina. Decía aquella verdad que la mente más inclinada a la acción ha de ceder paso a la suave vaguedad del alma, a lo inconsistente de su propia esencia, para hallar el equilibrio que permite afrontar los combates diarios con vigor renovado e incluso enriquecido.
El crepúsculo propiciaba el abandono. A veces era el reposo absoluto: el sueño del opio y la mandrágora, acompañado por los dulces tañidos que arrancaba a su arpa dorada el ciego Ramose, quien sin haber visto jamás a su soberana la tenía por la más hermosa entre las estrellas. Ilusión en nada gratuita, pues entre los títulos de Cleopatra figuraba precisamente el de Estrella de Egipto. En otras ocasiones, menos dadas al ensueño, la placidez nacía de actividades que están en la esencia misma del carácter de Alejandría: la conversación con los astrónomos de palacio, la polémica con los filósofos del Museion -la soberbia institución cultural que no por casualidad depende de Cleopatra-, el estudio en las salas de la Gran Biblioteca o el paseo meditabundo entre los jardines suntuosos de la Soma, donde yace Alejandro protegido por un sarcófago de cristal tallado.
Pero aquella tarde en los albores del otoño alejandrino, aquella que estaba destinada a ser la más fatídica entre todas las tardes, la reina se consagraba al ocio y a la conversación intrascendente con algunos personajes privilegiados por el solo hecho de ocupar un triclinio junto al suyo. Y admiraba a los embajadores extranjeros su ingenio y agudeza, el alcance de sus conocimientos y la fluidez con que podía dirigirse a siete personas distintas en cada uno de sus idiomas.
La conversación fluía con dulzura a los sones del arpa de Ramose. El lento derivar de la pereza ponía acentos poéticos en una simple disertación sobre geografía. Cleopatra suspiraba en su triclinio. El cuerpo lacio, los miembros suavemente fatigados, los músculos fláccidos, la piel recibiendo los primeros soplos del frescor que se va aproximando cual heraldo de la noche. Aroma de gardenias sobrecargando las auras. Pétalos de amapola reblandeciéndose en la tisana preferida. Y el suave murmullo del estanque lleno de nenúfares, anuncio de excelentes augurios.
¡Augurios felices llegaban por el mar! Lo anunció la rubia Carmiana, que quedó de vigía en la balaustrada. Una enorme trirreme estaba entrando en el muelle nuevo. Su porte grandioso, su avance insolente, pregonaban el descaro de Roma. Y una divisa roja, que ondeaba en lo más alto del palo mayor, anunciaba a los vigías de Cleopatra que la nave era portadora de noticias.


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