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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.13

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Comprenderás, que conociendo tan pocas cosas de Cleopatra, sería una pérdida de tiempo hablar de mí, que nada soy ni nada pretendo ser.
La habilidad dialéctica del perfecto cortesano resultó estéril. Bien dicen que la capacidad para el silencio es la mejor asignatura que se imparte en los seminarios de los dioses egipcios. Y Totmés la llevaba muy aprendida cuando, señalando hacia la orilla, murmuró:
-Tiene más valor el llanto de este pueblo que todos los amores contrariados de Alejandría.
Epistemo recogió la sugerencia. Con aquel giro, la conversación regresaba a sus orígenes. Era ladino el joven sacerdote. O acaso un pobre ingenuo por creer que conseguía parecérselo.
Se volvió hacia el cortejo de campesinos que seguían la galera de Cleopatra. Continuaban cantando. Hacían chocar dos piedras, igual que en tiempos de los grandes faraones. Rimaban aquella salmodia funeraria como si el lento descenso de la nave arrastrase consigo un fragmento de sus propias vidas y los últimos restos del gran tiempo de Egipto.
Epistemo creyó ver en Totmés un reflejo de cualquiera de ellos. La gravedad de su expresión se difuminaba bajo una placidez que remitía a una infancia perdida ya, aunque no lejana. Y toda su piel tenía el color del cobre vivo y el porte orgulloso que hace de cada campesino del valle un príncipe y de cada príncipe un cofre lleno de misterios.
Totmés razonaba en voz alta:
-Las historias de amor suelen conmover a las almas sencillas. Poco sé de vuestras politiquerías, Epistemo, pero tanto asombro, tanto horror en el Nilo me dice que acrecentará en gran manera la fama de Cleopatra.
-Demuestras una deliciosa ingenuidad al confiar que el pueblo conoce los hechos de sus reyes. ¿Quién de entre esos campesinos vio jamás la persona de Cleopatra? Si antes navegó hasta tan lejos fue para entretener a sus amantes romanos, pero sólo se dignó salir de su galera para consagrar algún templo y culminar así la obra de sus ancestros. Por lo demás, su rostro es tan misterioso para esos miserables como el de los dioses cuyas funciones representa...
Como si se arrepintiese de haberse mostrado demasiado serio, Epistemo emitía una risita que recordaba el sonido de una ocarina. Y Totmés volvió a considerarle un enemigo de la seriedad y un perverso cazador de indiscreciones.
-La grandeza de Cleopatra se muestra tanto en sus aciertos como en sus desmanes. ¡Suprema incongruencia de la majestad! Para estar a su altura, la fidelidad de sus súbditos no puede tener un único rostro. Por lo cual te digo que este luto es el sueño de una mente enferma y, no obstante, rindo un tributo de admiración a la actitud de Cleopatra porque ordenó celebrarlo.


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