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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.12

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Acariciaba el pañuelo, retazo de azul celeste que guardaba remembranzas de otras horas; aquellas en que la alegría de Cleopatra brilló con los firigores de un topacio.
Pero Totmés no compartía su éxtasis. Mientras las damas de la reina intentaban calmar la curiosidad de la tripulación con explicaciones poco plausibles, el joven sacerdote regresó al fastidio que, desde hacía horas, le inspiraban sus compañeros de viaje.
Ya era mucho que tolerase la compañía de aquellos dos hombres, majestuoso el uno, innoble el otro, que le habían sometido a una persecución, tan incómoda como extraña, no bien le descubrieron en el lugar más apartado de la proa, absorto en sus meditaciones. Todo cuanto perdió en intimidad -su más preciada pertenencia- lo ganó sin embargo en explicaciones sobre la vida alejandrina, que él desconocía por completo. Y en aquel tráfico de indiscreciones estuvieron a punto de arrancarle la única que podía resultarle fatal.
-¡Eres avaro, buen Totmés! Te vales de tu encanto juvenil para sonsacarme todo tipo de confidencias sobre la reina, y a cambio no me ofreces nada. -Rió con un estilo ruidoso, que quiso parecer coquetería y quedó en parodia-. O mi madurez se va acercando a la senectud mucho más rápidamente de cuanto siempre temí o los de tu oficio lleváis el misterio por escudo.
Totmés se puso en guardia. En los ojillos acechantes de aquel hombre acababa de descubrir la astucia del áspid.
-¿Y qué misterio podría revelarte? Sólo conozco los del culto que profeso.
-Te lo diré en pocas palabras: los de esta madrugada.
-¿Los de esta madrugada, Epistemo?
-Exactamente. Pues he sido testigo de un suceso extraordinario. Voy a refrescarte la memoria, ministro de Isis. Esta madrugada recalamos en el puerto de Panópolis. Yo no podía dormir a causa del calor y subí a cubierta. Me extrañaba que nos detuviésemos, lejos aún del punto de destino y en una ciudad ajena a los planes de la reina. No tiene allí negocios, que yo sepa. Ni los tiene su luto, que es lo único que hoy le importa. En fin, dejo aparte consideraciones, pues lo verdaderamente raro de esta escala es que sólo sirviese para recoger a un joven sacerdote de Isis, demasiado preocupado por ocultarse entre las sombras como para que su presencia no despertase curiosidad. A mí, particularmente, tanto sigilo llegó a intrigarme.
El criado mimaba las descripciones de su dueño con una exageración que incurría en lo grotesco. Y aunque Epistemo esperaba ciertos resultados del efecto que su explicación produjese en Totmés, se encontró ante un rostro inescrutable.
-Tu conversación resultaba más amena cuando me hablabas de la corte. No te apartes de ella, Epistemo.


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