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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.10

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Fue una espera inútil. La cabeza de Cleopatra se desplomó sobre el pecho, y el fiel consejero corrió a sostenérsela. Quedó de pie y junto a ella, como en tantas ocasiones triunfales. Pero hoy se limitaba a ayudarla a sobrevivir.
-Buscaré en otros cuerpos el olvido del cuerpo de Antonio. No me importa que esto dé la razón a los romanos. Si ya fui maldita para ellos cuando me amó César, más tendrán que decir cuando me vean aferrada a una vulgar carne de galeras. ¡La puta de Antonio quiere serlo ahora de todos los hombres, incluso del más sucio! -calló por un instante. Se sintió invadida por una oleada de instantes dulces, recuerdos gentiles que parecían transportados por los cantos funerarios de las orillas-. ¡Antonio! ¡Este hombre indigno a quien tuve por el más grande de los héroes me llamaba serpiente del Nilo! ¡Cuánta ternura había en su ironía, y cuánto desprecio en los demás romanos! No fui otra cosa para ellos. Ni reina, ni mujer, ni madre. Sólo la serpiente del Nilo. Sí, la venenosa sierpe que se introdujo en los más floridos vergeles de Roma y, con mirada aviesa, hechizó la voluntad de su mejor macho. Para destruirlo, dicen ellos. No piensan que de un macho intenté hacer un hombre.
-El despecho te lleva a exagerar, mi reina.
Cleopatra intentó sonreír. Por un instante su voz se hizo más dura, con la dureza del sarcasmo.
-¿Entonces es sólo despecho este dolor que me asesina? Ojalá fuese así, pues sería muy sencillo combatirlo. Tanto que podría solucionarse con otro crimen. Un sicario bien remunerado llevaría mi venganza a Roma y acabaría con la ofensa acabando con Antonio. En los subterráneos de nuestros santuarios hay boticas donde los sacerdotes consiguen los mejores venenos del mundo. ¡Qué sencilla sería la venganza que no deja rastro! ¡Si fuese despecho, Sosígenes, si sólo fuese despecho como dices...! ¡Que me lo manden los dioses para acelerar mi consuelo con una muerte! Si es despecho ni siquiera necesitaré recurrir a un emisario. Tengo arrestos para presentarme en Roma y hundir mi daga en el corazón de mi esposo aborrecido. ¡He de verle retorcerse ensangrentado a los pies de su cordera romana!
Ni siquiera Sosígenes pudo prevenir el repentino acceso de su rabia. Se incorporó de un salto, corrió hacia uno de los soldados y arrebató en un instante la espada que le colgaba del cinto. Todo fue demasiado rápido para que el soldado pudiese detenerla. Estaba ya junto a la borda, con la espada en alto, apuntando en dirección a Roma. Y gritaba:
-Contra ti, Antonio. ¡Contra ti a partir de ahora!
Estaba completamente erguida. En su arrebato se había arrancado el velo que le cubría el rostro.


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