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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.9

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en manos de una voluntad más alta que los sueños del mundo.
De repente, un sobresalto sacudió a todos los tripulantes.
-¡Silencio! -exclamó Epistemo-. Accede a presentarse ante nosotros la suprema majestad de Cleopatra.
Todos se arrodillaron.
¿Podía ser Cleopatra Séptima aquella figura encorvada, que subía con gran dificultad la escalera del camarote y gimoteaba como una vieja moribunda? ¿Podía ser la reina más fascinante del mundo aquel fardo de velos negros que se apoyaba en el brazo de su primer consejero para conseguir avanzar apenas unos pasos?
Su aparición, por lo deseada, había engañado a la corte. Los sacerdotes de rango inferior arrojaron a los pebeteros de oro una plétora de esencias y perfumes. Los soldados, que hasta entonces andaban distraídos por cubierta, permitiéndose las actitudes más indolentes, se apresuraron a formar un pasillo a guisa de camino sagrado, cuadrándose con el porte altivo que corresponde a las grandes ceremonias. Las esclavas nubias acomodaron el trono de baldaquín y a su alrededor se agruparon los cortesanos más íntimos. Fue transportado casi en volandas el arpista ciego y afinaron sus delicados instrumentos las tañedoras de laúd. Comparecieron asimismo las danzarinas, los equilibristas y el narrador de historias fantásticas.
Pero al ver avanzar a aquella anciana prematura se produjo un silencio de muerte en todos los rincones de cubierta. Todos los preparativos de la alegría quedaron suspendidos sin que mediase orden alguna. Fue el resultado de un desencanto común. Nadie escapó a su influjo. Doncellas, eunucos, malabaristas, danzarinas, esclavos y marineros quedaron inmóviles, con los ojos clavados en aquella pareja que dijérase formada por dos profesionales del llanto, como las plañideras que se alquilan para llorar a discreción en los funerales de la alta nobleza.
Con el rostro oculto como el cuerpo y éste retorciéndose en sí mismo, aquella pobre mujer podría engañar a cualquiera. Sin embargo, la apariencia del noble Sosígenes no engañaba. Era la misma venerable figura que aparecía constantemente al lado de la reina desde los lejanos días de la guerra civil, cuando Cleopatra consiguió derrotar a su esposo y hermano, el imberbe Tolomeo, y adueñarse del trono de Egipto. Sosígenes, su preceptor de ayer, su consejero de siempre, era hoy el báculo que la sostenía, el lazarillo que orientaba sus pasos tambaleantes.
Cleopatra miró a su entorno, sin comprenderlo. El luto de la nave encontraba una respuesta adecuada en la doliente comitiva que seguían formando los campesinos. Pero ni siquiera este homenaje a su dolor conseguía afectarla.
Una vez sentada en el trono intentó adoptar la rígida actitud que tanto solía imponer a los embajadores extranjeros. La corte entera contuvo el aliento, esperando el estallido de la majestad.


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