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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.7

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Y como un remate a la apariencia mortuoria de la galera, negro quedó también el solemne baldaquino, custodio a su vez del trono que ocupaba la reina para contemplar el lento transcurrir de las orillas, en navegaciones más felices.
Pero en aquel trono enlutado sólo quedaba un pañuelo azul que olvidó Cleopatra. Y éste era el emblema de su ausencia irremplazable.
Al descubrirlo, un personaje de noble aspecto que contemplaba a los campesinos desde la cubierta, exclamó:
-Sigue sin aparecer. Se nos esconde. Y hace ya tres jornadas que zarpamos de Alejandría.
Así habló Epistemo. Y era la suya una voz meliflua, que arrastraba el deje caprichoso del cortesano, pero escondiendo una última, inesperada revelación como cumple a la cautela del político.
-¡La reina consigue convertir en espectáculo su luto de amor! Si exige tanta suntuosidad a un abandono, ¿cuál no reservará para la muerte?, que los dioses quieran retrasar en lo posible.
Se dirigía a un mancebo de hermosos rasgos y porte altivo, además de otras singularidades que le convertían en el más pintoresco de los tripulantes de la nave. Pues mientras los demás vestían de negro, como ordenaba el luto de la reina, sus ropajes eran completamente blancos, cual corresponde a los hombres que hicieron voto de servir a los intereses del alma. Y llevaba la cabeza afeitada al modo inconfundible de quienes han jurado consagrarse al servicio de los dioses.
Con un amplio ademán que abarcaba la impenetrable negrura que los envolvía, exclamó:
-¡Todo este luto por simples amorfos!
-Y yo te digo: por un amor que fue cualquier cosa menos simple. Egregia en todo es Cleopatra Séptima. En la plenitud del amor lo era. En su hundimiento, lo es más todavía. Sábelo ya, pues la propia reina rompe su secreto al convertir la nave real en pública voz del desconsuelo. Sabe que el romano que ocupó su lecho, ese hipócrita que hace apenas un año la dejó encinta de dos príncipes, que ese Marco Antonio a quien ella hizo aparecer en los grandes monumentos como dueño y señor de Alejandría y después monarca de Oriente entero, que ese vil, esa alimaña, ha tomado esposa en Roma.
-¿Siendo Cleopatra la madre de sus hijos?
-Las leyes romanas sólo reconocen a los que Marco Antonio tuvo con su primera esposa, la infausta Fulvia... -se inclinó Epistemo hacia el mancebo, para hablarle en tono más reservado-. ¡Y puesto que de hijos hablamos, necesitaríamos altas matemáticas para contar los que fue engendrando Antonio por cuantas ciudades visitó antes de llegara Alejandría...!
La curiosidad del servidor de los dioses pudo más que su recato.
-¿Tantos hijos de un amante tan miserable?


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