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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.5

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No aceptes tan vanas esperanzas. Como hombre preparado desde tiempo atrás, como un valiente como corresponde a quien de tal ciudad fue digno acércate con paso firme a la ventana, y escucha con emoción -no con lamentos ni ruegos de débiles- como último placer, los sones, los maravillosos instrumentos de la comparsa misteriosa y di tu adiós a esa Alejandría que pierdes para siempre.
CAVAFIS, El dios abandona a Antonio


Serpiente del Nilo
Libro primero
Ella era el último miembro de una raza solitaria y sutil. Era una flor que Alejandría había tardado trescientos años en producir y que la eternidad no puede marchitar. Y se abrió ante un soldado romano, sencillo pero inteligente...
E. M. FORSTER, Alexandria
Y dijo la mujer:
-Maldito sea Amor, que me asesina. Teñid de muerte el Nilo. Poned luto a las nubes. Convertid Egipto en un sepulcro.
Y así se hizo. Y el espanto fue descendiendo por el río. Y la muerte se instaló en las orillas. Y cayó el infierno sobre el universo.
Cumplida la orden, una densa nube negra entoldó los cielos en los que jamás hay nubes. Por lo insólita, dijérase el velo de una diosa traicionera. Dijérase sangre podrida goteando sobre los frondosos palmerales, las forestas de papiros, los huertos y jardines que un día fueron fértiles.
Una galera real bogaba con majestuosa lentitud en busca de los confines más remotos del reino; allí donde éste se pierde en los desiertos que corren en busca de las selvas ignotas, donde dicen que nace el río santo.
La negrura llegaba acompañada por himnos tan tristes como el día. Era la incesante percusión de cien timbales doloridos. Era el batir de cien remos en las aguas, tan tristes a su vez que también se habían vuelto negras.
Las riberas se llenaron de campesinos procedentes de los villorrios más próximos. Llegaban formando procesión, y en sus arrugados rostros, en sus arrugas surcadas por el sol de muchos siglos, el asombro alternaba con el miedo. Se arrojaban al suelo, escondían la cabeza entre las cañas, se golpeaban el pecho con piedras afiladas y frotaban sus ojos con fango, como se viene haciendo desde los tiempos más remotos cuando muere un monarca o la naturaleza rompe su curso inexorable porque los dioses no están satisfechos.
La nube negra se posaba sobre todos los colores del paisaje, tan sensible en. los albores del mes de Atir, cuando la luz ya no llega agobiada por los flagelos del estío. Los palmerales y los trigales, los bosques de sicomoros, las mimosas, los hibiscos, las yedras que trepaban por los palacios, todo cuanto ayer fue un despliegue de esplendoroso colorido quedaba encerrado en aquel color único, manto siniestro que los campesinos, aterrados, no podían reconocer.


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