Un cantante muerto (Michael Moorcock) - pág.15
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-Consiguió muchas ayer.
Mo respiró aliviado.
-¿Puedes venderme un par de libras?
-Mejor se lo pides a él, Mo. No sé para quién son.
Mo asintió y se puso lentamente en pie.
-¿Quieres entrar y esperarle, chico?-dijo Jenny.
Mo negó con un movimiento de cabeza.
-Iré al Mountain. Hasta luego, Jenny.
-Hasta luego, Mo. Ten cuidado.
Mo se arrastró penosamente por Lancaster Road y dobló la esquina de Portobello Road. Creyó ver la Mercedes, negra y cromada, atravesando la otra punta de la calle. Los edificios se echaban sobre él. Eran grises, inmensos. Todo el mundo parecía querer sostenerle. Se reían disimuladamente, le miraban de reojo, hablaban de él. Veía pollzontes por todas partes. Una mujer le gritó algo. Siguió andando, como pudo, hasta llegar al Mountain Grill. Cruzó la puerta a trompicones. La cafetería estaba llena de drogadictos, pero no reconoció a ninguno de ellos. Todos tenían una expresión diabólica, reservada, y cuchicheaban.
-Jodidos -murmuró.
Todo el mundo simuló no estar escuchando. Vio a Dave.
-¿Dave? ¡Hey, chico!
Dave alzó la mirada, reprimiendo una mueca.
-Hola, Mo. ¿Cuándo has vuelto?
El liso y redondeado rostro de Dave tenía un aspecto de vileza. Llevaba una camisa de algodón nueva, limpia, con añadidos recientes. En uno de ellos se leía "Star Rider".
-Ahora mismo.-Mo se inclinó sobre la mesa, sin importarle que otros le miraran, y susurró en la oreja de Dave-: Me han dicho que tienes anfetaminas.
Dave se puso muy serio.
-Sí. ¿Ahora?
Mo asintió.
Dave se levantó lentamente y pagó su consumición a la obesa mujer negra de la caja.
-Gracias, Maria.
Dave tomó a Mo por el hombro y le ayudó a salir de la cafetería. Mo se preguntó si Dave pensaría denunciarle. Recordó que en más de una ocasión se había sospechado de él.
-¿Cuánto necesitas, Mo? -dijo Dave en voz baja, mientras andaban.
-¿A qué precio van?
-Las tendrás a dos chelines la unidad.
-Pues quiero cinco libras. ¿Hace?
-De acuerdo.
Volvieron a Lancaster Road y Dave entró abriendo dos cerraduras, una Yale y otra maltis. Subieron una escalera oscura peligrosa. El piso de Dave era sombrío, lleno de incienso, con postigos adornados tapando las ventanas. Jenny estaba sentada al borde de un colchón escuchando a Stray Dog en el estéreo.
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