Un cantante muerto (Michael Moorcock) - pág.3
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Y Mo lo aceptó.
Lo único realmente penoso que Jimi había pedido era que Mo dejara de poner sus viejos discos, y entre ellos "¡Hey, Joe!", el primer single. Antes de eso, ni un solo día había dejado Mo de poner algo de Jimi. En su piso de Lancaster Road, en la camioneta cuando había conducido para Light y, después, para The Deep Fix, hasta cuando fue a la Casa, durante su breve conversión a la cienciología, tuvo tiempo para conectar el auricular en su cassette durante una hora. Aunque la presencia física de Jimi era una gran compensación y aliviaba lo peor de los síntomas de abatimiento, seguía siendo difícil. Drogas, velocidad, alcohol... no había nada que pudiera vencer su ansia por la música y, en consecuencia, sus temblores empeoraban un poco cada día. A veces, Mo pensaba que estaba pagando de alguna forma la confianza que Jimi había puesto en él. Era un buen karma, así que no le preocupaba. Además, ya estaba acostumbrado a los temblores. Uno se podía acostumbrar a todo. Miró sus brazos, fuertes y tatuados, extendidos ante él, y las manos agarradas al volante. La serpiente del mundo volvía a retorcerse. Negra, roja y verde, se enroscaba lentamente en su piel, rodeaba su muñeca y avanzaba hacia el codo. Volvió a fijar los ojos en la carretera.
Jimi se había quedado profundamente dormido. Estaba tumbado en el asiento, detrás de Mo, con la cabeza apoyada en la vacía funda de la guitarra. Respiraba pesadamente, como si algo oprimiera su pecho.
El cielo exhibía su rosada amplitud. A lo lejos había un grupo de colinas azuladas. Mo estaba cansado. Sintió el hormigueo de la vieja paranoia. Tomó un porro nuevo del estante y lo encendió, pero sabía que la droga no n~lrl~l n~aa a~ Dlen. Necesitaba dormir un par de horas.
Sin despertar a Jimi, Mo condujo el vehículo hacia la cuneta, cerca de un río, ancho y poco profundo, repleto de piedras calizas blancas y planas. Abrió la puerta y caminó despacio por la hierba. No sabía dónde estaban, quizá en Yorkshire. Todo eran colinas alrededor. Era una templada mañana de otoño, pero Mo sintió frío. Bajó hasta la orilla del río, se arrodilló, metió las dos manos en el agua cristalina y bebió. Se tendió con el harapiento sombrero de paja sobre la cara. Las perspectivas eran oscuras en aquel momento.
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