Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.238
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Ahora, posees el poder de la joya y te has apoderado del cuerpo de tu hermano, que en un tiempo fue el hijo de Orland Fank. Quieres destruir la Balanza, pero sabes que al destruirla te destruirás a ti mismo. A menos que consigas un refugio, un nuevo cuerpo al que tu espíritu pueda escapar.
El capitán volvió la cabeza. Dio la impresión de que sus ojos ciegos se clavaban en Hawkmoon y Erekose.
-Además, la espada ha de ser empuñada por una manifestación del Campeón, y aquí tenemos dos. ¿Cómo lograrás que una sirva a tus propósitos?
Hawkmoon miró a Erekose.
-Siempre he sido fiel al Bastón Rúnico -dijo, aunque a veces me arrepentí.
-Y yo entregué mi lealtad a la Espada Negra -dijo Erekose.
-¿Cuál de vosotros empuñará la Espada Negra, pues? -preguntó el ser, ansioso.
-Ninguno debe hacerlo -se apresuró a advertir el capitán.
-Pero ahora poseo el poder necesario para destruiros a todos -bufó el ser.
-A todos, salvo a las dos manifestaciones del Campeón Eterno, a mi hermano y a mí -corrigió el capitán.
-Destruiré a Ermizhad, a Yisselda, a los niños, a esos otros. Los devoraré. Me apoderaré de sus almas.
El ser negro abrió su roja boca y extendió una mano hacia Yamila. La niña le miró desafiante, pero se encogió.
-¿Y qué será de nosotros cuando hayas destruido la Balanza? -preguntó Hawkmoon.
-Nada. Podéis quedaros a vivir en Tanelorn. Aunque no pueda destruir Tanelorn, el resto del universo será mío.
-Lo que dice es verdad -admitió el capitán-, y cumplirá su palabra.
-Pero toda la humanidad sufrirá, excepto quienes vivan en Tanelorn -dijo Hawkmoon.
-Sí -corroboró el capitán-. Todos sufriremos, excepto vosotros.
-En ese caso, no debemos darle la espada -afirmó Hawkmoon, sin mirar a los que amaba.
-La humanidad siempre sufre dijo Erekose-. He buscado a Ermizhad durante toda la eternidad. Me lo merezco. He servido a la humanidad durante toda la eternidad, salvo una vez. He sufrido durante demasiado tiempo.
-¿Queréis repetir un crimen? -preguntó el capitán en voz baja.
Erekose hizo caso omiso de la observación y dirigió una mirada significativa a Hawkmoon.
-Decís, capitán, que el poder de la Espada Negra y el poder de la Balanza son iguales en este momento.
-En efecto.
-Y que este ser puede residir en la espada o en el bastón, pero no en ambos.
Hawkmoon comprendió lo que implicaban las preguntas de Erekose y mantuvo inexpresivo su rostro.
-¡Deprisa! -dijo el ser negro desde detrás-. ¡Deprisa! ¡La Balanza se materializa!
Por un instante, Hawkmoon experimentó algo similar a lo que había sentido cuando habían luchado juntos contra Agak y Gagak, una unidad con Erekose, como si compartieran las mismas emociones y pensamientos.
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