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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.233

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Abarcó con un ademán las estatuas que les rodeaban-. Una vez fueron míos. Era dueño del multiverso.

-Has sido desposeído -dijo el niño.

-¿Por ti? -sonrió la figura negra.

-No. Compartimos un destino, como bien sabes.

-No puedes devolverme lo que es mío. ¿Dónde está? -Miró a su alrededor-. ¿Dónde?

-Aún no la he convocado. ¿Dónde tienes...?

-¿Mis artículos? Los convocaré cuando sepa que tienes lo que necesito.

Dirigió una sonrisa de saludo a Hawkmoon y Erekose, y habló sin dirigirse a nadie en particular.

-Deduzco que todos los dioses han muerto.

-Dos han huido -puntualizó el niño-. Los demás han muerto.

-Sólo quedamos nosotros.

-Sí. La espada y el bastón.

-Creados en el principio -dijo Orland Fank-, después de la última conjunción.

-Pocos mortales lo saben -dijo la figura negra-. Mi cuerpo fue creado para servir al Caos, el suyo para servir a la Balanza, otros para servir a la Ley, pero todos han desaparecido.

-¿Qué les ha sustituido? -preguntó Erekose.

-Aún hay que decidirlo -replicó la figura negra-. Vengo a cambiar mi cuerpo; cualquier manifestación me valdrá, o las dos.

-¿Eres la Espada Negra?

El muchacho realizó otro movimiento con el bastón. Jhary-a-Conel apareció, con el sombrero ladeado y el gato sobre el hombro. Miró a Oladahn con aire meditabundo.

-¿Podemos estar los dos aquí?

-No lo sé, señor-contestó Oladahn.

-Entonces, no os conocéis bien, señor. -Jhary saludó a Hawkmoon con una reverencia-. Saludos. Creo que esto es vuestro, duque Dorian.

Sostenía algo en las manos y avanzó hacia Hawkmoon para dárselo pero el niño le detuvo.

-¡Quieto! Enséñaselo.

Jhary-a-Conel se paró con gesto teatral y miró a la figura negra.

-¿Enseñárselo al gimoteante? ¿Debo hacerlo?

-Enseñádmelo -lloriqueó la figura negra-. Por favor, Jhary-a-Connel.

Jhary-a-Conel acarició la cabeza del niño, como un tío cuando recibe a su sobrino favorito.

-¿Cómo te ha ido, primo?

-Enséñaselo -repitió el niño.

Jhary-a-Conel apoyó una mano sobre el pomo de la espada, extendió una pierna, extendió un codo, miró con aire pensativo a la figura negra y, con un veloz gesto de mago, mostró lo que encerraba en su palma.

La figura negra siseó. Sus ojos echaron chispas.

-¡La Joya Negra! -jadeó Hawkmoon-. Tenéis la Joya Negra.

-La Joya lo logrará -dijo la figura negra, ansiosa-. Aquí...

Dos hombres, dos mujeres y dos niños aparecieron. Cadenas de oro les sujetaban, eslabones de seda dorada.

-Les trato bien -dijo el que se hacía llamar Espada.

Uno de los hombres, alto y delgado, de ademanes lánguidos y elegante indumentaria, levantó sus muñecas esposadas.


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