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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.230

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Era el mismo ser que Hawkmoon había visto en el Puente de Plata, el mismo que había visto en la isla. Sonrió.

-Adiós, amigo -dijo el ser-. ¡He sido mil veces más malvado que tú!

Se lanzó hacia el cielo, risueño, perverso, sin compasión. Se burló de la Balanza Cósmica, su viejo enemigo.

Desapareció, la escena se desvaneció y la estatua del príncipe de Melniboné volvió a erguirse sobre su peana.

Hawkmoon jadeaba como si hubiera estado a punto de ahogarse. Su corazón latía desacompasadamente.

Vio que el rostro de Oladahn se retorcía y sus ojos reflejaban aún el sobresalto; vio que Erekose fruncía el ceño y que Orland Fank se acariciaba el mentón. Vio el rostro sereno del niño. Vio a John ap-Rhyss,Emshon de Ariso y Brut de Lashmar, y comprendió que no habían visto nada de la escena que tanto había turbado a los otros tres.

-Se confirma dijo Erekose con voz profunda-. Esa cosa y la espada son lo mismo.

-A menudo -dijo el niño-. En ocasiones, no todo su espíritu reside en la espada. Kanajana no era toda la espada.

El chico hizo un movimiento.

-Mirad de nuevo.

-No-dijo Hawkmoon.

-Mirad otra vez -repitió el niño.

Otra estatua bajó al suelo.

El hombre era apuesto y tenía un sólo ojo, y una sola mano. Había conocido el amor, había conocido el dolor, y el amor le había ayudado a soportar el dolor. Sus rasgos eran serenos. En algún lugar, el mar rompió contra una orilla. Había vuelto a casa.

Hawkmoon se sintió de nuevo absorbido, al igual que Erekose. Corum Jhaelen Irsei, príncipe de la Túnica Escarlata, Ultimo de los Vadhagh, que se había negado a temer la belleza y había caído en sus manos, que se había negado a temer a su hermano y había sido traicionado, que se había negado a temer a un arpa y había sido asesinado por ella, que había sido expulsado de un lugar que no era el suyo, había vuelto a casa.

Salió de un bosque y se detuvo en la orilla del mar. La marea no tardaría en bajar y dejaría libre la calzada que conducía al monte de Moidel, donde había sido feliz con una mujer de la raza mabden, de vida tan corta, que había muerto dejándole desconsolado (no era frecuente que nacieran hijos de tales uniones).

El recuerdo de Medhbh ya se desvanecía, pero no así el recuerdo de Rhalina, margravina del Este.

La calzada apareció y empezó a caminar. El castillo del monte Moidel estaba desierto, sin duda. Se véía abandonado. El viento susurraba entre las torres, pero era un viento amigable.


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