Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.227
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Prosperaba; era feliz; gozaba de paz. Vivían familias, artistas y artesanos, escritores; era vital. No se trataba de una pálida armonía, la falsa paz de aquellos que niegan al cuerpo los placeres y a la mente sus estímulos. Esto era Tanelorn.
Ésta era, por fin, Tanelorn, quizá el modelo de tantas otras Tanelorns.
-Estamos en el centro -dijo el niño, el centro fijo, inalterable, del universo.
-¿A qué dioses se rinde culto aquí? -preguntó Brut de Lashmar, cuya voz y rostro se habían relajado.
-No hay dioses -contestó el niño-. No son necesarios.
-¿Y por eso se dice que odian a Tanelorn?
Hawkmoon se apartó para dejar pasar a una mujer muy anciana.
-Tal vez -contestó el niño-, porque el orgulloso no puede soportar que le ignoren. En Tanelorn existe un tipo de orgullo diferente, un orgullo que prefiere pasar desapercibido.
Pasearon ante altas torres y hermosas almenas, atravesaron parques donde jugaban animadamente los niños.
-¡Juegan a la guerra, incluso aquí! -exclamó John ap-Rhyss-. ¡Incluso aquí !
-Los niños aprenden así -dijo Jehamiah Cohnahlias-. Y si aprenden bien, aprenderán a abjurar de la guerra cuando sean mayores.
-Pero los dioses juegan a la guerra -observó Oladahn.
-Son como niños -dijo el muchacho.
Hawkmoon reparó en que Orland Fank lloraba, aunque no aparentaba tristeza.
Llegaron a una amplia zona despejada de la ciudad, una especie de anfiteatro, pero sus lados consistían en tres hileras de estatuas, algo más grandes que un hombre. Todas las estatuas eran del mismo color de la ciudad; todas parecían fulgurar con algo parecido a la vida. La primera fila era de guerreros, la segunda también de guerreros, y la tercera de mujeres. Daba la impresión de que había miles de estatuas, formando un gran círculo, bajo un sol que colgaba sobre el centro, rojo e inmóvil, como en la isla, sólo que el rojo era suave y el cielo de un azul cálido y apagado. Parecía que siempre reinaba en la ciudad un perpetuo atardecer.
-Fijaos -dijo el niño-. Fijaos, Hawkmoon, Erekose. Sois vosotros.
Levantó un brazo y señaló la primera fila de estatuas. En su mano empuñaba un bastón negro, que Hawkmoon reconoció como el Bastón Rúnico. Y reparó, por primera vez, en que la caligrafía de las runas grabadas en él era similar a la que había visto en la espada de Elric, la Espada Negra, Portadora de Tormentas.
-Fijaos en sus caras -dijo el muchacho-. Fijaos, Erekose, fijaos, Hawkmoon, fijaos, Campeón Eterno.
Hawkmoon reconoció algunos rostros. Vio a Corum, vio a Elric.
-John Daker -oyó que murmuraba Erekose-, Urlik, Skarsol, Asquiol, Aubec, Arflane, Valadek.
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