Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.225
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Oí decir que podría encontrar el Bastón Rúnico en cierta ciudad, a la que algunos llaman Tanelorn. Busqué Tanelorn. Mis investigaciones me llevaron hasta un hechicero que habita una ciudad del mundo en la cual me topé con el joven Oladahn. El hechicero era un hombre metálico y me orientó hacia el siguiente plano, donde Oladahn y yo nos perdimos. Pasé por una puerta y aquí estoy...
-Dirijámonos cuanto antes a ese portal -le apremió Hawkmoon.
Orland Fank meneó la cabeza.
-No, se cerró detrás de mí. Además, no me apetece regresar a aquel mundo tan bélico. ¿Así que esto no es Tanelorn?
-Es todas las Tanelorns -explicó Erekose-. Tal es nuestra opinión, al menos, maese Fank. Lo que queda de ellas. ¿No estuvisteis en una ciudad llamada Tanelorn?
-Una vez, al menos eso dice la leyenda, pero los hombres hicieron un uso egoísta de sus atributos y Tanelorn murió, siendo sustituida por su opuesta.
-¿Tanelorn puede morir? -preguntó Brut de Lashnar, apesadumbrado-. No es vulnerable...
-Sólo si los hombres que moran en ella han perdido esa clase de orgullo que destruye el amor... Eso dicen los rumores, en cualquier caso. -Orland Fank parecía algo turbado-. Y ellos mismos son invulnerables.
-Cualquier ciudad sería preferible a este amasijo de ideales perdidos -dijo Emshon de Ariso, demostrando que, si bien había comprendido las palabras de Orland Fank, no le habían impresionado.
El diminuto guerrero se tiró el bigote y gruñó para sí durante un rato.
-De modo que esto serían todos los «fracasos» -dijo Erekose-. Nos hallamos entre las ruinas de la Esperanza. Un vertedero de fes truncadas.
-Tal es mi suposición contestó Fank-, pero tiene que existir un modo de acceder a alguna Tanelorn que no haya sucumbido, donde la frontera sea ínfima. Eso es lo que debemos buscar.
-¿Cómo reconoceremos lo que buscamos? -preguntó John ap-Rhyss.
-La respuesta está en nuestro interior-dijo Brut con una voz que no era la suya-. Así me lo dijeron en una ocasión. Buscad Tanelorn en vuestro interior, me dijo una anciana cuando le pregunté dónde podía encontrar aquella fabulosa ciudad y vivir en paz. El comentario se me antojó desprovisto del menor significado, pura especulación filosófica, pero empiezo a comprender que me dio un consejo práctico. Lo que hemos perdido, caballeros, es la esperanza, y Tanelorn sólo abre sus puertas a aquellos que confían. La fe nos rehúye, pero es imprescindible la fe para ver la Tanelorn que necesitamos.
-Creo que vuestras palabras son sensatas, Brut de Lashmar -dijo Erekose-. Pese a que en los últimos tiempos he adoptado la armadura del cinismo, os comprendo. ¿Cómo pueden los mortales albergar esperanza en una esfera dominada por dioses pendencieros, por las disputas que sostienen aquellos a los que tanto desean respetar?, os pregunto.
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