Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.224
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-Le dejé en el castillo de Brass, aunque no me comentó nada de vuestro encuentro. Debió reemprender su búsqueda del Bastón Rúnico y os encontró durante sus andanzas.
Hawkmoon intentó describir la isla en donde se hallaban.
En respuesta a la descripción, Oladahan se rascó la pelambrera roja de su cabeza y encogió los hombros. Antes de que Hawkmoon terminara, examinó los diversos desgarrones de su justillo y la falda, así como la sangre seca de sus numerosas heridas.
-Bien, amigo Hawkmoon -dijo, confuso-, me alegro de estar otra vez a vuestro lado ¿Tenéis algo de comer?
-Nada-se lamentó John ap-Rhyss-. Moriremos de hambre si no hay caza en la isla. Y da la impresión de que, aparte de nosotros, no hay más seres vivos.
Como en respuesta, se escuchó un aullido desde el otro lado de la ciudad. Todos se volvieron en aquella dirección.
-¿Un lobo? -preguntó Oladahn.
-Yo diría que un hombre -contestó Erekose.
No había envainado la espada y la utilizó para señalar.
Ashnar el Lince corría hacia ellos. Saltaba sobre las piedras, esquivaba las torres caídas, con la espada alzada sobre la cabeza, los ojos casi salidos de las órbitas. Los huesecillos de sus trenzas bailaban alrededor de su cráneo. Hawkmoon creyó que les atacaba, pero luego vio que Ashnar era perseguido por un hombre alto y delgado, de rostro colorado, ataviado con gorra, falda y una capa a cuadros que ondeaba sobre sus hombros. La espada envainada rebotaba contra su muslo.
-¡Orland Fank! -gritó Oladahn-. ¿Por qué persigue a ese hombre?
Hawkmoon oyó los gritos de Fank.
-¡Venid aquí! ¡Venid aquí, hombre! ¡No quiero haceros daño!
Ashnar tropezó y cayó entre las piedras polvorientas, sollozando. Fank llegó a su lado, le quitó de un golpe la espada de la mano, cogió unas cuantas trenzas y levantó la cabeza del bárbaro.
-Está loco, Fank -gritó Hawkmoon-. Tratadle bien.
Fank alzó la vista.
-Sois sir Hawkmoon, ¿no? Y Oladahn. Me preguntaba qué había sido de vos. Me abandonasteis, ¿eh?
-Casi, por la Hermana Muerte -respondió el pariente de los Gigantes de la Montaña-, a cuyos brazos me enviasteis, maese Fank.
Fank sonrió y soltó el cabello de Ashnar.
El bárbaro continuó tirado en el suelo, sin dejar de lloriquear.
-¿Qué daño os ha hecho ese hombre? -preguntó Erekose a Fank con gravedad.
-Ninguno. Como no encontré a ningún ser humano en esta siniestra confusión, quise interrogarle. Cuando me acerqué a él, lanzó un aullido horrísono y trató de escapar.
-¿Cómo descubristeis este lugar? -preguntó Erekose.
-Por accidente. Mi búsqueda de cierto artilugio me ha conducido por varios planos de la Tierra.
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