Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.222
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Brut de Lashmar, algo más recuperado, se encontraba cerca, pero no participaba en la búsqueda.
Sin embargo, fue Brut quien reparó en unas sombras móviles, cuando antes estaban inmóviles.
-Fijaos, Hawkmoon -dijo-. ¿Acaso está cobrando vida la ciudad?
El resto de la ciudad seguía como antes, pero en un discreto rincón, donde la silueta de una casa muy decorada y hermosa se recortaba contra la manchada pared blanca de un templo en ruinas, tres o cuatro sombras humanas se movían, aunque seguían siendo sombras; los hombres a quienes pertenecían no eran visibles. Era como una representación a la que Hawkmoon había asistido tiempo atrás, como marionetas manipuladas detrás de una pantalla.
Erekose se levantó y avanzó hacia la escena, seguido de cerca por Hawkmoon. Los demás le imitaron, pero sin darse excesiva prisa.
Escucharon ruidos apagados- entrechocar de espadas, gritos, pasos sobre las piedras.
Erekose se detuvo cuando su altura casi igualó a la de las sombras. Dio un paso adelante y extendió la mano, cauteloso, para tocar una.
¡Y Erekose desapareció!
Sólo quedó de él una sombra. Se había unido a las demás. Hawkmoon vio que la sombra desenvainaba la espada y se colocaba detrás de otra, que le resultó familiar. Era la sombra de un hombre no más alto que Emshon de Ariso, el cual contemplaba la escena boquiabierto, con los ojos vidriosos.
Los movimientos de los combatientes se hicieron más lentos. Hawkmoon se estaba preguntando cómo podía rescatar a Erekose, cuando el héroe reapareció, arrastrando a alguien consigo. Las otras sombras se habían quedado inmóviles de nuevo.
Erekose jadeaba. El hombre que le acompañaba estaba cubierto de rasguños, pero no parecía sufrir ninguna herida grave. Sonrió aliviado, cepilló el polvo blancuzco de la piel anaranjada que cubría su cuerpo, envainó su espada y se limpió el bigote con el dorso de su mano, similar a una garra. Era Oladahn. Oladahn de las Montañas Búlgaras, pariente de los Gigantes de la Montaña, el mejor amigo de Hawkmoon y compañero en sus más trepidantes aventuras. Oladahn, que había muerto en Londra, a quien Hawkmoon había visto posteriormente, como un fantasma de ojos vidriosos, en los pantanos de la Kamarg, y luego en la cubierta de «La Reina de Rumanía», cuando había atacado con gran valentía a la pirámide de cristal del barón Kalan y, como resultado, desaparecido.
-¡Hawkmoon!
La alegría de Oladahn al ver a su viejo camarada consiguió que olvidara todo lo demás. Se precipitó a los brazos del duque de Colonia.
Hawkmoon rió de placer. Miró a Erekose.
-No sé cómo le habéis salvado, pero os lo agradezco.
Erekose, contagiado por su alegría, también rió.
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