Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.220
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.. Es agotador, ¿verdad?
-Agotador-dijo Erekose, lacónico-. Sí.
-Creo que mi lucha ha terminado -dijo Corum-. Creo que pronto se me permitirá morir. Ya he cumplido mi turno de Campeón Eterno. Voy a reunirme con Rhalina, mi amada mortal.
-Yo debo proseguir la búsqueda de mi inmortal Ermizhad -dijo Erekose.
-Me han dicho que mi Yisselda vive -añadió Hawkmoon-, pero busco a mis hijos.
-Todas las partes del todo conocido como Campeón Eterno se acoplan -dijo Corum-. quizá ésta sea nuestra última búsqueda.
-¿Y alcanzaremos la paz? -preguntó Erekose.
-El hombre sólo alcanza la paz después de luchar consigo mismo -contestó Corum-. ¿No es ésa, acaso, vuestra experiencia?
-La lucha es muy dura-sentenció Hawkmoon.
Corum calló. Siguió a Elric y a Otto Blendker hacia el mar. No tardaron en desaparecer en la niebla. No tardaron en escucharse débiles gritos. No tardaron en oír el ruido del ancla al ser izada. El barco se marchaba.
Hawkmoon se sintió aliviado, aunque no le agradaba la perspectiva que se abría ante él. Se volvió.
La figura negra había vuelto. Sonreía. Era una sonrisa malvada, cómplice.
-Espada-dijo, y señaló al barco-. Espada. Me necesitarás, Campeón. Y pronto.
Erekose demostró horror por primera vez. Al igual que Hawkmoon, su primer impulso fue desenvainar la espada, pero algo lo impidió. John ap-Rhyss y Emshon de Ariso lanzaron una exclamación de asombro, y Hawkmoon detuvo sus manos.
-No desenvainéis -ordenó.
Brut de Lashmar se quedó mirando a la visión con sus ojos vidriosos y cansados.
-Espada-dijo el ser.
Daba la impresión de que bailaba una frenética jiga, por culpa del aura negra, pero su cuerpo estaba completamente inmóvil.
-¿Elric? ¿Corum? ¿Hawkmoon? ¿Erekose? ¿Urlik?
-¡Ay! -gritó Erekose-. Ahora te he reconocido. ¡Vete! ¡Vete!
La figura negra rió.
-Nunca me iré, mientras el Campeón me necesite.
-El Campeón ya no te necesita -replicó Hawkmoon, sin saber lo que quería decir.
-¡Sí! ¡Sí!
-¡Vete!
La sonrisa continuó fija en el malvado rostro.
-Ahora somos dos -dijo Erekose-. Dos tienen más fuerza.
-Pero no está permitido -protestó la figura-. Nunca ha sido permitido.
-Ésta es una época diferente, el Tiempo de la Conjunción.
-¡No! -gritó la aparición.
Erekose lanzó una carcajada desdeñosa.
La figura negra se precipitó hacia adelante y aumentó de tamaño; retrocedió como una flecha, se encogió, recuperó su tamaño normal, corrió entre las ruinas, seguida de su sombra, no siempre en consonancia con sus movimientos. Daba la impresión de que las enormes y pesadas sombras de aquella colección de ciudades iban a caer sobre la figura, porque se apartaba de muchas.
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