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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.217

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Hawkmoon era el Campeón Eterno, en su última aventura...

Entonces, aparecieron cuatro seres. Elric, Hawkmoon, Erekose y Corum se irguieron y alzaron sus espadas, hasta que las puntas se tocaron sobre el centro del cerebro muerto. Hawkmoon suspiró. Estaba maravillado. Estaba aterrorizado. Después, un agotamiento teñido de contento reemplazó al terror.

-Vuelvo a tener carne. Vuelvo a tener carne -dijo una voz patética.

Era el bárbaro Ashnar, con el rostro desfigurado, los ojos enloquecidos. Había dejado caer la espada sin darse cuenta. Se clavaba las uñas en la cara. Y reía.

John ap-Rhyss levantó la cabeza desde el suelo. Miró a Hawkmoon con odio, y después apartó la vista. Emshon de Ariso, olvidada su espada, se arrastró para ayudar a John ap-Rhyss a ponerse en pie. Los dos hombres actuaban en un frío silencio.

Otros estaban locos o muertos. Elric estaba ayudando a Brut de Lashmar a incorporarse.

-¿Qué has visto? -preguntó el albino.

-Más de lo que merecía, a pesar de mis pecados. Estábamos atrapados..., atrapados en aquel cráneo...

El caballero de Lashmar sollozó como un niño pequeño. Elric abrazó a Brut, acarició su cabello rubio, incapaz de decir algo que pudiera suavizar su brutal experiencia.

-Hemos de partir -murmuró Erekose, casi para sí.

Al dirigirse hacia la puerta, estuvo a punto de resbalar varias veces.

-No ha sido justo -dijo Hawkmoon a John ap-Rhyss y a Emshon de Ariso-. No ha sido justo que compartiéramos nuestro sufrimiento.

John ap-Rhyss escupió en el suelo.


7. Los héroes se separan

Hawkmoon contempló cómo se quemaban los cuerpos de los hechiceros, de pie entre las sombras de edificios que no existían, o sólo en parte; de pie bajo un sol rojo que no se había movido ni un ápice desde que habían pisado la isla.

El voraz fuego chillaba y aullaba mientras consumía a Agak y Gagak, y su humo era más blanco que la cara de Elric, más rojo que el sol. El humo ocultaba el cielo.

Hawkmoon recordaba poco de lo ocurrido en el interior del cráneo de Gagak, pero una inmensa amargura le invadía.

-Me pregunto si el capitán sabía para qué nos enviaba aquí -murmuró Corum.

-O si sospechaba lo que iba a pasar.

Hawkmoon se secó la boca.

-Sólo nosotros, sólo aquel ser, podía luchar contra Agak y Gagak de igual a igual. -Los ojos de Erekose encerraban un secreto conocimiento-. Otros medios habrían sido estériles. Ningún otro ser habría poseído las cualidades especiales, el enorme poder necesarios para poder acabar con tan extraños hechiceros.

-Eso parece -dijo Elric.

El albino se había sumido en un estado taciturno e introspectivo.


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