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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.215

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Los cuatro formaban un todo tan grande como Agak e igual de fuerte.

Agak, al comprender que estaba en peligro, empezó a absorber. Nunca más compartiría este agradable ritual con su hermana. Debía absorber la energía de este universo si quería reunir las fuerzas que necesitaba para defenderse, para destruir a su atacante, el asesino de su hermana.

A medida que Agak absorbía, los mundos iban muriendo.

Pero no era suficiente.

Agak probó una treta.

-Éste es el centro del universo. Todas sus dimensiones se cruzan aquí. Ven, compartiremos el poder. Mi hermana ha muerto. Acepto su muerte. Ahora, serás mi pareja. ¡Con este poder conquistaremos un universo mucho más rico que éste!

-¡No! -respondieron los Cuatro, sin dejar de avanzar.

-Muy bien, pero no dudes de tu derrota.
Los Cuatro descargaron la espada, que cayó sobre el ojo facetado dentro del cual burbujeaba el estanque de inteligencia de Agak, pero éste había adquirido más fuerza y la herida se cicatrizó de inmediato.

Los zarcillos de Agak surgieron y se lanzaron hacia los Cuatro, pero éstos cortaron los zarcillos. Y Agak absorbió más energía. Su cuerpo que los mortales habían confundido con un edificio, comenzó a emitir un resplandor escarlata y a irradiar un calor imposible.

La espada rugió y fulguró. La luz negra se fundió con la dorada y atacó a la escarlata.

Entretanto, los Cuatro eran conscientes de que su universo se encogía y moría.

-¡Devuelve lo que has robado, Agak! -dijeron los Cuatro.

Planos, ángulos y curvas, tubos y cables brillaban al rojo vivo y Agak suspiró. El universo sollozó.

-¡Soy más fuerte que tú! -dijo Agak-. ¡Ahora!

Los Cuatro sabían que Agak no prestaba toda su atención mientras se alimentaba. Y los Cuatro también sabían que debían extraer energía de su universo si querían derrotar a Agak. Por lo tanto, la espada se alzó.

La espada atravesó decenas de miles de dimensiones y absorbió su energía. Después, empezó a oscilar.

Osciló y surgió luz negra de la hoja.

Osciló y Agak se dio cuenta. Su cuerpo comenzó a alterarse.

La espada descendió hacia el gran ojo del hechicero, hacia el estanque de inteligencia de Agak.

Los numerosos zarcillos de Agak salieron en defensa del hechicero, pero la espada los cercenó como si no existieran y golpeó la cámara octogonal que era el ojo de Agak y se hundió en el estanque de inteligencia de Agak, en la materia que contenía la sensibilidad del hechicero, se apoderó de la energía de Agak y la inoculó en su amo, los Cuatro Que Eran Uno.

Y un chillido resonó a lo largo y ancho del universo.


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