Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.214
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Agak se quedó perplejo.
-Hablas de una forma extraña.
-El sueño... -respondió el ser que había penetrado en el cuerpo de Gagak, destruyéndola.
-Hemos de empezar -dijo Agak-. Las dimensiones giran y el momento ha llegado. Ah, lo presiento. Tanta y tan rica energía. ¡Cuán glorioso será nuestro regreso al hogar!
-Lo presiento -replicaron los Cuatro, y era cierto.
Eran conscientes de que todo su universo, dimensión tras dimensión, giraba a su alrededor. Estrellas, planetas y lunas, plano tras plano, llenos de la energía con que Agak y Gagak deseaban alimentarse. Y aún quedaba lo suficiente de Gagak dentro de los Cuatro para que experimentaran una voracidad anticipada que, ahora que las dimensiones se acercaban a la conjunción precisa, sería satisfecha sin dilación.
Los Cuatro estuvieron tentados de unirse a Agak y satisfacer su gula aunque si lo hacían despojarían a su universo de toda la energía. Las estrellas se apagarían, los planetas perecerían. Hasta los Señores de la Ley y del Caos morirían, porque pertenecían a ese mismo universo. Sin embargo, valía la pena cometer un crimen tan horrendo por poseer semejante poder...
Los Cuatro controlaron su deseo y se aprestaron a atacar, antes de que Agak sospechara algo.
-¿Comemos, hermana?
Los Cuatro comprendieron que el barco había llegado a la isla en el momento preciso. Un poco más y habría sido demasiado tarde.
-¿Hermana? -Agak se quedó perplejo de nuevo-. ¿Qué...?
Los Cuatro sabían que era preciso desconectarse de Agak. Los tubos y cables salieron de su cuerpo y fueron absorbidos por el de Gagak.
-¿Qué es esto? -El extraño cuerpo de Agak tembló unos momentos-. ¿Hermana?
Los Cuatro se prepararon. A pesar de que habían asimilado los recuerdos e instintos de Gagak, no confiaban en poder atacar a Agak bajo la forma elegida por su hermana. Y como la hechicera había poseído la facultad de cambiar de forma, los Cuatro empezaron a cambiar. Lanzaron terribles quejidos, experimentaron dolores horrísonos y juntaron todos los materiales del ser que habían usurpado. Lo que parecía un edificio se transformó en carne informe y pulposa. Agak, estupefacto, siguió mirando.
-¿Hermana? Tu aspecto...
El edificio, el ser que era Gagak, se revolvió, fundió e hizo erupción.
Chilló de dolor.
Tomó forma.
Rió.
6. Batalla total
Cuatro rostros rieron sobre una gigantesca cabeza. Ocho brazos se agitaron en señal de triunfo, ocho piernas se movieron. Y sobre aquella cabeza se alzaba una inmensa espada.
Y corría.
Se precipitó sobre Agak mientras el brujo extraterrestre conservaba todavía su forma estática. Su espada daba vueltas y desprendía chispas de una siniestra luz dorada mientras se movía, que desgarraban el paisaje envuelto en sombras.
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