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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.213

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Bowgentle el filósofo y el conde Brass. Todos llevaban un yelmo espejeante que reflejaba los rayos del sol.

Hawkmoon sostenía en sus manos el Cuerno del Destino. Se lo llevó a los labios. Sopló para anunciar en la noche al advenimiento de la nueva tierra, en la noche que precedía al nuevo amanecer. Y aunque la nota del cuerno fue triunfante, los sentimientos de Hawkmoon eran muy diferentes. Estaba poseído de una infinita tristeza y una infinita soledad, y ladeó la cabeza mientras el sonido se propagaba.

Hawkmoon revivió el tormento que había padecido en el bosque, cuando Glandyth le había cortado la mano. Chilló cuando el dolor acudió de nuevo a su muñeca y sintió fuego en la cara y supo que Kwll le había arrancado del cráneo el ojo enjoyado de su hermano, ahora que había recuperado sus poderes. Una neblina roja remolineó en su cerebro. Un fuego rojo le robó sus fuerzas. Un dolor rojo consumió su carne.

Y Hawkmoon habló en un tono de indecible tormento.

-¿Qué nombre llevaré la próxima vez que me llames?

-Ahora, la Tierra está en paz. El aire silencioso sólo transporta carcajadas, murmullo de conversaciones, los pequeños ruidos emitidos por pequeños animales. Nosotros y la Tierra estamos en paz.

-¿Cuánto tiempo durará?

-Oh, ¿cuánto tiempo durará?

La bestia que era el Campeón Eterno veía ahora con suma claridad.

Analizaba su cuerpo. Controlaba cada extremidad, cada función. Había triunfado; había revitalizado el estanque.

Gracias a su único ojo octogonal miraba en todas direcciones al mismo tiempo sobre las ruinas de la ciudad. Luego, dedicó toda la atención a su gemelo.

Agak se había despertado demasiado tarde, pero lo había hecho por fin, alarmado por los gritos agonizantes de su hermana Gagak, cuyo cuerpo habían invadido los mortales, cuya inteligencia habían sometido, cuyo ojo utilizaban ahora y cuyos poderes no tardarían en intentar emplear.

Agak no necesitó volver la cabeza para mirar al ser que aún consideraba su hermana. Al igual que ella, su enorme ojo octogonal albergaba su inteligencia.

-¿Me has llamado, hermana?

-Me limité a pronunciar tu nombre, hermano.

Aún quedaban suficientes vestigios de la fuerza vital de Gagak en los Cuatro Que Eran Uno para imitar su forma de hablar.

-¿Has gritado?

-Un sueño. -Los Cuatro hicieron una pausa y siguieron hablando-. Soñé que había algo amenazador en la isla.

-¿Es posible? No sabemos gran cosa sobre estas dimensiones, o sobre los seres que habitan en ella. Sin embargo, no hay ninguno tan poderoso como Agak y Gagak. No temas nada, hermana. Pronto empezaremos a trabajar.

-No es nada. Ya me he despertado.


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