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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.209

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Sus camaradas supervivientes gritaban de miedo, mientras trataban de liberarse.

Y entonces, el llamado Hown Encantaserpientes, el guerrero de la armadura verde mar, se puso a cantar.

Cantó con una voz que recordaba el sonido de una cascada en la montaña. Cantaba con tranquilidad, pese a la expresión preocupada de su rostro, y poco a poco las serpientes fueron soltando a los hombres, y poco a poco resbalaron hacia el suelo, como dormidas.

-Ahora comprendo vuestro mote -dijo Elric.

-No estaba seguro de que la canción surtiera efecto sobre éstas -dijo el encantador de serpientes-, porque no se parecen a ninguna serpiente que haya visto en mi vida, ni siquiera en los mares de mi mundo.

Dejaron atrás las serpientes y continuaron ascendiendo. Cada vez era más difícil caminar sobre el suelo resbaladizo. El calor no cesaba de aumentar y Hawkmoon pensó que se desmayaría si no respiraba pronto aire más fresco. Poco a poco se acostumbró a reptar sobre su estómago para pasar por estrechas aberturas del pasillo, a extender los brazos en ocasiones para mantener el equilibrio cuando altas cavernas se agitaban y derramaban un líquido pegajoso sobre su cabeza, a manotear para defenderse de pequeños seres, similares a insectos, que atacaban de vez en cuando, y a escuchar los gritos de la voz misteriosa.

-¿Dónde? ¿Dónde? ¡Oh, este dolor!

Nubes de insectos, apenas visibles pero siempre presentes, picoteaban sus rostros y manos.

-¿Dónde?

Hawkmoon, casi ciego, se obligó a continuar, reprimió las ansias de vomitar, anhelando respirar aire puro. Veía que los guerreros caían y apenas tenía fuerzas para ayudarles a levantarse. El pasillo ascendía cada vez más, torcía en todas direcciones y Hown Encantaserpientes no cesaba de cantar, porque el suelo estaba sembrado de serpientes.

Ashnar el Lince había perdido su fugaz júbilo.

-No sobreviviremos mucho tiempo más. No estaremos en condiciones de enfrentarnos a los hechiceros, si alguna vez les encontramos.

-Yo opino lo mismo convino Elric-, pero ¿qué otra cosa podemos hacer, Ashnar?

-Nada -oyó que Ashnar murmuraba-. Nada.

Y la misma palabra se repitió, a veces en voz alta, a veces en voz más baja.

-¿Dónde? -decía.

-¿Dónde? -preguntaba.

-¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde?

Y la voz no tardó en convertirse en un grito. Retumbó en los oídos de Hawkmoon. Arañó sus nervios.

-Aquí -murmuró-. Aquí estamos, hechicero.

Llegaron por fin al extremo del pasillo y vieron una arcada de regulares proporciones, y al otro lado una estancia bien iluminada.

-Los aposentos de Agak, sin duda dijo Ashnar el Lince.

Entraron en una cámara octogonal.


5. Agak y Gagak

Los lados en pendiente de la cámara eran cada uno de un color lechoso diferente; cada color cambiaba al mismo tiempo que los otros.


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