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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.207

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-Brut de Lashmar señaló un desgarrón de su capa-. Lo controla una poderosa brujería.

-Ya lo sabíamos -dijo Ashnar el Lince.

Sus ojos de bárbaro escudriñaban el terreno.

Otto Blendker, otro hombre de Elric, se secó el sudor que cubría su negra frente.

-Estos hechicheros son unos cobardes. No dan la cara. -Casi gritaba-. ¿Acaso es su aspecto tan detestable que temen nuestras miradas?

Hawkmoon comprendió que Blendker estaba hablando por si los dos hechiceros, Agak y Gagak, le escuchaban, con el fin de avergonzarles y obligarles a salir. Sin embargo, no obtuvo respuesta. Se internaron por una serie de pasillos, que cambiaban de dimensiones con frecuencia y, en ocasiones, eran casi infranqueables. La luz también era inconstante y avanzaban a menudo en una oscuridad total. Tuvieron que cogerse de la mano para no separarse.

-El pasillo no para de ascender -murmuró Hawkmoon a John ap-Rhyss, que caminaba a su lado-. Debemos estar cerca de la azotea del edificio.

Ap-Rhyss no contestó. Apretaba los dientes como si intentara disimular su miedo.

-El capitán dijo que los hechiceros tal vez cambiarían de forma -explicó Emshon de Ariso-. Deben de cambiar con frecuencia, porque estos pasillos no están destinados a seres de ningún tamaño en concreto.

-Me muero de ganas por enfrentarme a esos ladinos -dijo Elric desde la vanguardia.

-Decían que aquí había tesoros -rezongó Ashnar el Lince-. Pensé que valía la pena jugarse el pellejo por un buen botín, pero no hay nada de valor. -Tocó la pared-. Ni piedra, ni ladrillo. ¿De qué están hechas estas paredes, Elric?

Hawkmoon se había preguntado lo mismo y aguardó la contestación del albino, pero éste meneó la cabeza.

-Eso también me tiene perplejo, Ashnar.

Hawkmoon notó que Elric contenía el aliento, vio que alzaba su extraña y pesada espada, y aparecieron nuevos enemigos. Eran bestias de boca roja y pelaje anaranjado. Resbalaba saliva por sus colmillos amarillos. Elric clavó su espada en el estómago de un animal cuando sus garras se abatieron sobre él. Semejaba un gigantesco mandril, y el mandoble no lo había matado.

Otros de los simios se abalanzó sobre Hawkmoon y esquivó con hábiles saltos todos sus golpes. Hawkmoon comprendió que, solo, no tenía ninguna posibilidad de salir bien librado. Vio que Keeth el Apenado, indiferente a su propia seguridad, acudía en su ayuda, con la gran espada en alto y una expresión resignada en su rostro melancólico. El
mono desvió su atención hacia el Apenado y se lanzó sobre él con todo el peso de su cuerpo. La espada de Keeth se hundió en su pecho, pero el simio logró clavarle los colmillos y ya surgía sangre de la yugular seccionada.


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