Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.203
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Los demás le siguieron y vadearon las aguas hasta llegar a la orilla. Entonces, lanzaron una última mirada al barco.
Hawkmoon observó que la niebla no llegaba hasta la isla, cuya tierra había adquirido cierto color. En circunstancias normales, habría pensado que el paisaje era monótono, pero en contraste con el barco resultaba luminoso: rocas rojas engalanadas con líquenes de diversos tonos amarillentos. Sobre su cabeza flotaba un gran disco, inmóvil y de un rojo sangre, que era el sol. Arrojaba enormes sombras, pensó Hawkmoon.
Tardó bastante en darse cuenta de que arrojaba muchas sombras, sombras que no podían pertenecer tan sólo a las rocas, sombras de todos los tamaños y todas las formas.
Algunas, advirtió, eran sombras de hombres.
4. La ciudad encantada
El cielo semejaba una herida infectada, un caos de azules enfermizos, pardos, rojos oscuros y amarillos, poblado de sombras que, al contrario de las vistas en tierra, se movían.
Un tal Hown Encantaserpientes, miembro del grupo de Elric, cuya armadura era de color verde mar y centelleaba, dijo:
-He estado pocas veces en tierra, lo reconozco, pero éste es el paisaje más extraño que he visto en mi vida. Tiembla. Se distorsiona.
-Sí -contestó Hawkmoon.
Había observado el haz de luz parpadeante que pasaba de vez en cuando sobre la isla y que distorsionaba los contornos de los alrededores.
Un guerrero bárbaro llamado Ashnar el Lince, con trenzas y de ojos brillantes, estaba mucho más inquieto que los demás.
-¿De dónde salen estas sombras? -gruñó-. ¿Por qué no vemos lo que las arroja?
Se internaron en la isla, si bien todos se resistían a abandonar la orilla y la visión tranquilizadora del barco. Corum parecía el menos turbado. Habló en un tono de curiosidad filosófica.
-Es posible que estas sombras sean arrojadas por objetos que existen en otra dimensión de la Tierra dijo el príncipe de la Túnica Escarlata-. Si todas las dimensiones se encuentran aquí, como alguien ha sugerido, ésa podría ser una explicación verosímil. No es el ejemplo más extraño que he presenciado de una conjunción semejante.
Un negro llamado Otto Blendker, que tenía en la cara una cicatriz en forma de V, acarició el cinto de la espada que cruzaba su pecho y rezongó.
-¿Verosímil? ¡Ojalá no me dé nadie una explicación improbable!
-He presenciado peculiaridades similares en las cavernas más profundas de mi país dijo Thereod de las Cavernas-, pero nada tan inmenso. Según me dijeron, las dimensiones se encuentran allí. Por lo tanto, Corum tiene razón.
Pasó la larga y esbelta espada sobre su espalda. No volvió a dirigir la palabra al grupo, pero trabó conversación con el diminuto Emshon de Ariso que, como de costumbre, protestaba por algo.
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