Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.202
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Corum y Hawkmoon les dejaron y se dirigieron a su camarote, para elegir a los cuatro que les seguirían.
-Somos los Cuatro Que Son Uno -dijo Corum-. Tenemos un gran poder. Lo sé.
Hawkmoon estaba cansado de conversaciones que consideraba demasiado místicas para su mente práctica.
Levantó la espada que estaba afilando.
-Este es el poder en el que deposito mayor confianza -dijo-. Acero afilado.
Muchos guerreros asintieron.
-Ya veremos -dijo Corum.
Mientras pulía la hoja, Hawkmoon recordó el contorno de la espada que asomaba bajo la capa de Elric. Sabía que la reconocería en cuanto la viera. Sin embargo, ignoraba por qué le daba tanto miedo, y esta ignorancia le inquietaba. Pensó en Yisselda, en Yarmila y en Manfred, en el conde Brass y en los Héroes de la Kamarg. En parte, esta aventura había empezado por su esperanza de encontrar a sus seres queridos y viejos camaradas. Ahora, acechaba la amenaza de no volver a verles jamás. Aún así, valía la pena luchar por la causa del capitán si cabía la posibilidad de encontrar Tanelorn y, en consecuencia, a sus hijos. ¿Dónde estaría Yisselda? ¿También la encontraría en Tanelorn?
No tardaron en estar preparados. Hawkmoon había elegido a John ap-Rhyss, Emshon de Ariso, Keeth el Apenado y Nikhe el Tránfuga, en tanto que el barón Gotterin, Thereod de las Cavernas, Chaz de Elaquol y Reingir la Roca, despertado por fin de su borrachera, forrnaban el grupo de Corum. Hawkmoon opinaba en secreto que había elegido a los mejores hombres.
Avanzaron entre la niebla hasta un costado del barco. El ancla ya estaba dispuesta. Divisaron una tierra rocosa, una isla de aspecto inhospitalario. ¿Era posible que albergara a Tanelorn, la mítica ciudad de la paz?
John ap-Rhyss sorbió el aire con suspicacia, secó la humedad de su bigote y apoyó la otra mano sobre el pomo de la espada.
-Nunca había visto un lugar más inhóspito dijo.
El capitán salió de su camarote, acompañado del timonel. Ambos iban cargados con tizones.
Hawkmoon observó estremecido que la cara del timonel era idéntica a la del capitán, pero no era ciego. Sus ojos eran penetrantes, llenos de conocimiento. Hawkmoon casi no pudo mirarle a la cara cuando cogió su tizón y lo metió en el cinto.
-Sólo el fuego destruirá a este enemigo para siempre.
El capitán tendió a Hawkmoon una caja de madera que le serviría para encender el tizón cuando llegara el momento.
-Os deseo éxito, guerreros.
Ahora, cada hombre tenía en su poder una caja de madera y un tizón. Erekose fue el primero en bajar por la escalerilla. Alzó la espada para que no tocara el agua y se zambulló en el lechoso mar hasta la cintura.
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