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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.196

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¿Por qué luchamos para conservar su poder?

Corum sonrió.

-¿Eso hacemos? -preguntó.

-¿No es verdad?

-Con frecuencia, supongo.

-Sois tan irritante como el capitán -dijo Hawkmoon-. ¿Qué queréis decir?

Corum meneó la cabeza.

-No estoy seguro.

Hawkmoon se dio cuenta de que su estado de ánimo había mejorado ostensiblemente, y así lo expresó.

-Habéis tomado el vino del capitán -indicó Corum-. Creo que es nuestro sostén. Aquí hay más. Os ofrecí el normal, pero si deseáis...

-Ahora no, pero agudiza la mente... Agudiza la mente.

-¿En serio? -dijo Keeth el Apenado desde las sombras-. Temo que enturbia la mía. Estoy confuso.

-Todos estamos confusos -dijo con desdén Chaz de Elaquol-. ¿Quién no lo estaría? -Hizo ademán de sacar su espada, pero volvió a envainarla-. Sólo tengo la cabeza despejada cuando peleo.

-Sospecho que no tardaremos en pelear-dijo Hawkmoon.

Su frase captó el interés de los demás y Hawkmoon repitió lo poco que había dicho el capitán. Los guerreros se sumieron de nuevo en las especulaciones, y hasta el barón Gotterin se animó; no volvió a hablar del infierno ni del castigo.

Hawkmoon se sentía inclinado a evitar la compañía del príncipe Corum, no porque le desagradara el hombre (le caía muy bien), sino porque le inquietaba la idea de compartir el camarote con otra reencarnación de él. Daba la impresión de que el sentimiento era mutuo.

Y así transcurrió el tiempo.

Más tarde, la puerta del camarote se abrió y aparecieron dos hombres altos. Uno era de expresión sombría, ancho de pecho, con muchas cicatrices en la cara que, pese a todo, resultaba extraordinariamente bella. Era difícil calcular su edad, si bien parecía próximo a los cuarenta, y apenas crecían canas en su cabello negro. Sus ojos hundidos delataban inteligencia, así como un pesar secreto. Vestía prendas de cuero grueso, reforzadas en los hombros, codos y muñecas con placas de acero, melladas y arañadas. Reconoció a Corum y le saludó con un movimiento de cabeza, como si ya se conocieran. Su compañero era delgado y guardaba un gran parecido físico con Corum y el capitán. Sus ojos eran escarlatas, ardientes como las brasas de una hoguera sobrenatural y miraban desde un rostro blanco como la cera, exangüe, el rostro de un cadáver. Su largo cabello también era blanco. Iba ataviado con una pesada capa de cuero, y llevaba la capucha echada hacia atrás. Bajo la capa se veía el contorno de una enorme espada. Hawkmoon se preguntó por qué le producía escalofríos ese contorno.

Corum reconoció al albino.

-¡Elric de Melniboné! ¡Mis teorías se confirman cada vez más! -Miró con ansiedad a Hawkmoon, pero éste optó por disimular, sin saber a qué atenerse respecto al espadachín recién llegado-.


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