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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.192

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Brut indicó la espesa muralla de niebla, donde se dibujaba la silueta de un hombre que sujetaba el timón con las dos manos. Se mantenía extraordinariamente erguido y vestía justillo y calzas gruesas. Parecía pegado al timón y a la cubierta, y Hawkmoon dudó por un momento que estuviera vivo... A juzgar por el movimiento del barco, dedujo que navegaba a una velocidad normal. Vio que la vela estaba hinchada, pero no soplaba ni una pizca de viento, ni siquiera aquel viento sobrenatural al que ya se había acostumbrado. Pasaron frente a un camarote idéntico al que habían dejado y llegaron a la cubierta de proa. Debajo había una puerta cuyo material no era la madera oscura del resto del barco. Era de metal, pero de un metal que poseía una calidad orgánica y vibrante, de un color rojizo que recordó a Hawmoon la piel de un zorro.

-Éste es el camarote del capitán-dijo Brut-. Aquí os dejo, Hawkmoon. Espero que recibáis respuesta a algunas de vuestras preguntas, como mínimo.

Brut regresó a su camarote. Hawkmoon contempló la extraña puerta. Extendió una mano para tocar el metal. Estaba caliente. Le produjo una descarga.

-Entrad, Hawkmoon -dijo una voz desde dentro.

Era una voz bien timbrada, pero parecía venir de lejos.

Hawkmoon buscó una manija, pero no había ninguna. Empujó la puerta, pero ya se estaba abriendo. Una brillante luz rubí hirió sus ojos, acostumbrados a la penumbra del camarote de popa. Hawkmoon parpadeó, pero avanzó hacia la luz, mientras la puerta se cerraba a su espalda. El aire era caliente y estaba levemente perfumado. Lámparas de latón, oro y plata lanzaban destellos, el cristal brillaba. Hawkmoon vio ricas colgaduras, una gruesa alfombra de muchos tonos, lámparas rojas fijadas a mamparas, tallas sutiles; predominaban los púrpuras, rojos oscuros, verdes oscuros y amarillos. Vio un reluciente escritorio, cuyos bordes eran de oro, y sobre el escritorio había instrumentos, planos, un libro. Había armarios, un catre oculto tras una cortina. Junto al escritorio se erguía un hombre alto que, en facciones y figura, recordaba mucho a Corum. Tenía la misma cabeza ahusada, el fino cabello rojo dorado los rasgados ojos almendrados. Sus prendas sueltas eran del mismo color del ante y las sandalias se anudaban a sus tobillos con cordones plateados. Una corona de azul jade rodeaba su cabeza. Sin embargo, fueron sus ojos lo que atrajeron la atención de Hawkmoon. Eran de un blanco lechoso, moteado de azul, y ciegos. El capitán sonrió.

-Bienvenido, Hawkmoon. ¿Os han dado a probar nuestro vino?

-Lo he probado, sí.

El hombre se desplazó sin vacilaciones hacia un arcón, del cual sacó una jarra y dos copas de plata.


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