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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.183

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Nuestra sabiduría es insuficiente...

-Sólo el capitán posee confianza-indicó Amergin-. Debéis ir a su encuentro. Nosotros no podemos ayudarle. -Dirigió una mirada penetrante al globo brillante-. ¿Se está apagando la luz de la esfera pequeña?

Hawkmoon examinó la esfera y comprobó que Amergin tenía razón.

-¿Es eso importante? -preguntó.

-Significa que nuestro tiempo se acaba -contestó Sepiriz-. Seremos llamados de vuelta a nuestros mundos, a nuestras épocas. Nunca más podremos reunirnos de esta forma.

-Explicadme más cosas sobre la Conjunción del Millón de Esferas -pidió Hawkmoon.

-Buscad Tanelorn -dijo la Señora del Cáliz.

-Alejaos de la Espada Negra -previno Lamsar el Ermitaño.

-Regresad hacia el océano -aconsejó el Caballero Negro y Amarillo-. Tomad pasaje en el Bajel Negro.

-¿Y el Bastón Rúnico? -preguntó Hawkmoon-. ¿He de continuar a su servicio?

-Sólo si os sirve a vos -dijo el Caballero Negro y Amarillo.

La luz de la esfera casi se había pagado y los siete montaron sobre sus caballos; se habían transformado en sombras.

-¡Mis hijos! -gritó Hawkmoon-. ¿Dónde están?

-En Tanelorn -respondió la Señora del Cáliz-. Esperan volver a nacer.

-¡Explicaos ! -suplicó Hawkmoon-. ¡Explicaos, señora!

Pero su sombra fue la primera en desaparecer con el último rayo de luz de la esfera. Al poco, sólo quedó el gigante negro Sepiriz, y su voz era casi inaudible.

-Envidio vuestra grandeza, Campeón Eterno, pero no envidio vuestra lucha.

-¡No es suficiente! -gritó Hawkmoon a las tinieblas-. ¡No es suficiente! ¡Necesito saber más !

Jhary apoyó una mano en su hombro.

-Venid, duque Dorian. Sólo averiguaremos más cosas si obedecemos las instrucciones. Volvamos al océano

Jhary desapareció de repente y Hawkmoon se quedó solo.

-¿Jhary-a-Conel? ¿Jhary?

Hawkmoon se lanzó a correr, en medio de la noche, en medio del silencio. Su boca se movía para emitir un grito que no surgía, sus ojos ardían de lágrimas que no brotaban, y sus oídos sólo captaban los latidos de su corazón, que batía como un tambor funerario.


5. En la orilla

Había amanecido y la niebla colgaba sobre el mar, se derramaba sobre la tierra rocosa; luces grisáceas parpadeaban en la niebla, y los acantilados que se alzaban detrás de Hawkmoon eran siniestros. No había dormido. Se sentía como un fantasma en un mundo de fantasmas. Le habían abandonado, y no había llorado. Tenía los ojos clavados en la niebla, sus manos heladas se aferraban al pomo de la espada, aliento blanquecino escapaba de su nariz y labios, y aguardaba como un cazador aguarda a su presa, sin hacer el menor ruido para captar cualquier nimio sonido que traicionara la llegada de su objetivo.


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