Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.178
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El cielo se estaba despejando y la niebla se había disipado por completo. Un silencio ominoso reinaba en aquella tierra, cuya única vida parecía reducirse a la hierba. No se veían aves ni animales salvajes, pese a la ausencia de seres humanos.
-Nuestras posibilidades de encontrar Tanelorn se me antojan singularmente reducidas en este momento, Jhary-a-Conel.
Jhary acarició el lomo del gato blanco y negro, que se había acomodado sobre su hombro desde que iniciaran el viaje.
-Me inclino a daros la razón, pero pienso que nuestra llegada a esta silenciosa tierra no ha sido fortuita. Tendremos amigos, tantos como enemigos.
-A veces dudo que exista diferencia entre ellos -dijo Hawkmoon con amargura, recordando a Orland Fank y al Bastón Rúnico-. Amigos o enemigos, seguimos siendo sus peones.
-Bueno -sonrió Jhary-a-Conel-, tanto como peones... No debéis menospreciaros así. Al menos, yo suelo ir a caballo.
-De entrada, ya me opongo a que me coloquen en el tablero -replicó Hawkmoon.
-En ese caso, lo que debéis hacer es salir de él -fue la misteriosa observación de Jhary-, aunque ello suponga la destrucción del tablero.
Se negó a clarificar su comentario, arguyendo que era producto de la intuición, no de la lógica. Sin embargo, la frase impresionó a Hawkmoon y, por extraño que fuera, mejoró su estado de ánimo. Reemprendió la marcha con considerable energía, caminando a grandes zancadas hasta que Jhary se quejó y Hawkmoon aminoró algo el paso.
-Al fin y al cabo, no sabemos muy bien adonde vamos -observó Jhary.
Hawkmoon lanzó una risotada.
-Muy cierto, pero en este momento, Jhary-a-Conel, me daría igual que camináramos hacia el infierno.
Las colinas se alzaban en todas direcciones. Al anochecer, tenían las piernas doloridas y el estómago notablemente vacío. Seguían sin advertir señales de que este mundo estuviera poblado.
-Deberíamos alegrarnos de que el tiempo sea clemente-dijo Hawkmoon.
-Aunque aburrido -añadió Jhary-. Ni frío ni calor. Me pregunto si será algún rincón agradable del limbo.
Hawkmoon ya no prestaba atención a su amigo. Escudriñaba las tinieblas.
-Mirad allí, Jhary. ¿Veis algo?
Jhary siguió el dedo extendido de Hawkmoon. Forzó la vista.
-¿En la cumbre de la colina?
-Sí. ¿Es un hombre?
-Creo que sí. -Jhary, sin pensarlo dos veces, hizo bocina con las manos y gritó-. ¡Hola! ¿Nos veis? ¿Sois nativo de este lugar, señor?
De repente, la figura se encontró mucho más cerca. Un aura de fuego negro temblaba alrededor de su cuerpo. Iba cubierta con un material negro y brillante que no era metal. Un cuello alto ocultaba su rostro oscuro, pero Hawkmoon pudo reconocerlo.
-Espada... -dijo la figura-.
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