Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.175
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El puente osciló, el caballo se encabritó y Hawkmoon salió lanzado hacia la carretera de metal. Intentó levantarse, intentó gatear hasta donde creía que encontraría a Yisselda.
-¡Yisselda! -gritó.
-¡Yisselda!
Brutales carcajadas resonaron a su espalda.
Volvió la cabeza, tendido sobre el oscilante puente. Vio que su caballo, con los ojos enloquecidos, caía, resbalaba hasta el borde y chocaba contra la barandilla. Agitó las patas en el aire.
Hawkmoon intentó sacar la espada que llevaba debajo de la capa, pero no pudo. Su cuerpo la aprisionaba.
Sonaron risas otra vez, pero el tono había cambiado, era menos confiado. La voz chilló.
-¡No!
Hawkmoon sentía un miedo terrible, más miedo que nunca en su vida. Su impulso fue huir de la causa de aquel miedo, pero se obligó a volver la cabeza de nuevo y mirar el rostro.
El rostro llenaba todo su horizonte y surgía de la niebla que remolineaba alrededor del puente bamboleante. El rostro oscuro de sus sueños, de ojos amenazadores y terroríficos, y los gruesos labios formaron la palabra que era un desafío, una orden, una súplica:
-¡No!
Entonces, Hawkmoon se levantó, abrió las piernas para mantener el equilibrio, y miró al rostro gracias a un esfuerzo de voluntad que le dejó atonito.
-¿Quién eres -preguntó Hawkmoon. Su voz era débil y la niebla parecía absorber sus palabras-. ¿Quién eres? ¿Quién eres?
-¡No!
En apariencia, el rostro carecía de cuerpo. Era hermoso, siniestro y de un color oscuro, indefinido. Los labios eran de un rojo brillante enfermizo; los ojos tal vez eran negros, o quizá azules, acaso pardos, con un toque dorado en las pupilas.
Hawkmoon intuyó que el ser sufría un espantoso tormento, pero al mismo tiempo sabía que era una amenaza para él, que le destruiría si podía. Se llevó la mano a la espada, pero la apartó cuando comprendió lo inútil e irrisorio que sería su gesto si la desenvainaba.
-LA ESPADA... -dijo el ser-. LA ESPADA... -La palabra poseía un significado considerable-. LA ESPADA...
Adoptó el tono de un amante rechazado, que suplica el retorno de su amor y se odiaba por su bajeza, odiando al mismo tiempo aquello que amaba. La voz era amenazadora, como un preludio a la muerte. ¿ELRIC? ¿URLIK? YO... FUI LEGION... ¿ELRIC? ¿YO...?
¿Se trataba de alguna temible manifestación del Campeón Eterno.... del propio Hawkmoon? ¿Estaba contemplando su propia alma?
-YO... EL TIEMPO... LA CONJUNCION... PUEDO AYUDAR...
Hawkmoon desechó la idea. Cabía la posibilidad de que el ser representara una parte de su ser, pero no toda. Sabía que poseía una identidad separada y también sabía que necesitaba carne, necesitaba forma, y eso era todo cuando podía darle.
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