Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.174
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Había métodos más rápidos de ir a Londra, pero Hawkmoon tenía muchas ganas de ver a la ciudad por el mismo sitio que la había dejado.
Su estado de ánimo mejoró cuando contempló los cables que sostenían la carretera principal, el complicado trabajo de los orfebres que habían ejecutado adornos de muchos centímetros de espesor para cubrir el fuerte acero de los pilares, construidos no sólo para soportar millones de toneladas de peso, sino también para resistir el constante choque de las olas y la presión de las corrientes submarinas. Era un monumento al genio del hombre, útil y hermoso a la vez, sin que lo sobrenatural hubiera intervenido para nada. Hawkmoon había despreciado toda su vida aquella deplorable e insegura filosofía de que el hombre solo no era lo bastante para realizar prodigios, que debía ser controlado por alguna fuerza sobrenatural (dioses, inteligencias más sofisticadas procedentes del más allá del Sistema Solar) para alcanzar lo que había alcanzado. Sólo gente aterrorizada por el poder de su mente podía necesitar tales supercherías, pensó Hawkmoon, mientras observaba que el cielo se estaba despejando y un débil sol acariciaba los cables plateados, que brillaban más que antes. Aspiró una profunda bocanada de aire rico en ozono, sonrió al ver las gaviotas que volaban alrededor de la parte superior de los pilares, señaló las velas de un barco antes de que pasara bajo el puente y lo perdieran de vista, comentó la belleza de un bajorrelieve, la originalidad de un adorno. Yisselda y él se fueron calmando a medida que concentraban su interés en lo que veían, y hablaron del placer que experimentarían si Londra fuera la mitad de hermosa que este puente renacido.
De pronto, Hawkmoon tuvo la impresión de que un gran silencio caía sobre el Puente de Plata, que se desvanecía el traqueteo de las carretas y los cascos de las bestias, que cesaban los gritos de las gaviotas, que se apagaba el sonido de las olas. Se volvió para comentarlo con Yisselda y ya no estaba. Paseó la vista en torno suyo y comprobó, aterrorizado, que se había quedado solo en el puente.
Oyó un débil grito muy a lo lejos (tal vez era Yisselda que le llamaba), pero también se desvaneció.
Hawkmoon volvió grupas con la esperanza de que, si actuaba con rapidez, se reunía con Yisselda.
Pero el caballo de Hawkmoon se rebeló. Relinchó. Golpeó con los cascos el metal del punte. Relinchó de nuevo.
Y Hawkmoon, traicionado, gritó una sola y agónica palabra.
-¡NO!
3. En la niebla
-¡No!
Era otra voz; una voz tonante, preñada de miedo, mucho más fuerte que la de Hawkmoon, mucho más fuerte que un trueno.
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