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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.172

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El sueño de Hawkmoon no tardó en verse importunado por sueños demasiado familiares; rostros e imágenes que pugnaban por llamar su atención, ojos que imploraban, manos extendidas hacia él, como si todo un mundo, tal vez todo un universo, solicitara su ayuda.

Y fue Corum, el extraño Corum de los Vadhagh, que se disponía a luchar contra el repugnante Fhoi Myore, el Pueblo Frío del Limbo... Y fue Elric, último príncipe de Melniboné, con una espada vociferante en la mano derecha, la izquierda apoyada sobre la perilla de una extraña silla, la silla dispuesta sobre el lomo de un enorme monstruo reptiliano, cuya saliva incendiaba todo aquello que tocaba...

Y fue Erekose, el desdichado Erekose, que condujo a los Eldren a la victoria sobre su propio pueblo... Y fue Urlik Skarsol, príncipe del Hielo Austral, que clamaba contra su destino, portar la Espada Negra...

TANELORN...

Oh, ¿dónde estaba Tanelorn?

¿No había estado allí, siquiera una vez? ¿Acaso no recordaba una sensación de absoluta paz mental, de entereza espiritual, de aquella felicidad que sólo pueden experimentar los que han sufrido mucho?

TANELORN...

«Demasiado tiempo he llevado esta carga; demasiado tiempo he pagado el precio del monstruoso crimen de Erekose...» Era su voz la que hablaba, pero no sus labios los que formaban las palabras... Eran otros labios, labios inhumanos... «He de descansar. He de descansar».

Apareció un rostro, un rostro de indecible maldad, pero no expresaba confianza, sino pesadumbre. ¿Tal vez desesperación? ¿Era su rostro? ¿También éste era su rostro?

¡AY, COMO SUFRO!

Los familiares ejércitos avanzaban. Las familiares espadas subían y bajaban. Los familiares rostros chillaban y perecían, y la sangre brotaba de cuerpo tras cuerpo... Un familiar río...

TANELORN... ¿No me he ganado la paz de Tanelorn? Aún no, Campeón aún no...

¡Es injusto que sólo yo sufra tanto!

No sufres solo. La humanidad sufre contigo.

¡Es injusto!

¡Pues impón justicia!

No puedo. Sólo soy un hombre.

Eres el Campeón. Eres el Campeón Eterno.

¡Soy un hombre!

Eres un hombre. Eres el Campeón Eterno.

¡Sólo soy un hombre!

Sólo eres el Campeón.

¡Soy Elric! ¡Soy Urlik! ¡Soy Erekose! ¡Soy Corum! Soy demasiados. ¡Soy demasiados!

Eres uno.

Y ahora, en sus sueños (si sueños eran), Hawkmoon experimentó un breve instante de paz, y comprendió demasiado bien las palabras. Era uno. Era uno...

Pero volvió a ser muchos de repente. Chilló en la cama y suplicó paz.

Yisselda se aferró a su cuerpo estremecido. Yisselda lloró. La luz que entraba por la ventana bañó su cara. Había amanecido.

-Dorian. Dorian. Dorian.



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