Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.171
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Ahora, ya restaurada en toda su increíble belleza, se decía que los niños de Parye nacían ciegos, que sus ojos, muy a menudo, tardaban tres años en aceptar las visiones diarias que disfrutaban sus habitantes.
Dejaron atrás Parye, penetraron en una nube gris, y el piloto, que se protegía del frío gracias a la calefacción de la cabina y a sus gruesas prendas, buscó cielo despejado por encima de la nube, no lo encontró y descendió hasta que apenas les separaron sesenta metros de los campos monótonos y llanos del país situado tierra adentro de Karlye. Lloviznaba y, mientras la lluvia arreciaba, el sol se puso y llegaron a Karlye al anochecer. Las cálidas luces que brotaban por las ventanas de los edificios de piedra les dieron la bienvenida. Volaron en círculos alrededor de los tejados de pizarra rojo oscuro y gris claro de Karlye, y descendieron por fin en la pista de aterrizaje circular, cubierta de hierba, alrededor de la cual se había construido la ciudad. Para ser un ornitóptero (una máquina voladora muy poco cómoda), el aparato aterrizó con suavidad. Hawkmoon y Yisselda se agarraron con firmeza a las correas hasta que cesaron las sacudidas y el piloto, con el visor transparente chorreante, se volvió para indicar que podían salir. La lluvia repiqueteba con insistencia sobre la capota de la cabina. Hawkmoon y Yisselda se protegieron con gruesas capas que les cubrían hasta los pies. Unos hombres se acercaron corriendo por la pista, agachados para resistir la embestida del viento y seguidos por un carruaje tirado a mano. Hawkmoon esperó a que el carruaje se acercara lo máximo posible al ornitóptero, abrió la peculiar puerta y ayudó a Yisselda a subir al vehículo. El carruaje, que se bamboleaba de una forma exagerada, avanzó hacia los edificios situados en el extremo de la pista.
-Esta noche nos alojaremos en Karlyle -dijo Hawkmoon-, y por la mañana partiremos hacia el Puente de Plata.
Los agentes del conde Brass en Karlyle ya habían reservado habitación para el duque de Colonia y Yisselda de Brass, en una pequeña pero confortable posada no lejos de la pista de aterrizaje, uno de los pocos edificios que habían sobrevivido a los desmanes del Imperio Oscuro. Yisselda recordó que se había alojado en ella con su padre cuando era pequeña. Al principio, sólo experimentó alegría, hasta que el recuerdo de su infancia le trajo a la mente a la perdida de Yamila, y su semblante se ensombreció. Hawkmoon, al comprender lo que ocurría, la rodeó con un brazo para consolarla cuando, después de un buena cena, subieron a acostarse.
El día había sido agotador y ninguno tenía ganas de quedarse a hablar, y se durmieron.
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