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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.170

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Desde su conversación con Orland Fank, Hawkmoon estaba taciturno, y Yisselda no trató de hablar con él. Dorian se volvió hacia su amada y sonrió con ternura.

-Aún hay hombres sabios en Londra -dijo-. La corte de la reina Flana ha atraído a muchos eruditos y filósofos. Quizá algunos podrán ayudarnos.

-¿Sabes algo de Tanelorn, la ciudad que Fank mencionó?

-Sólo el nombre. Tengo la sensación de que debería saber muchas cosas y de haber estado en ella al menos una vez, tal vez muchas, aunque los dos sabemos que no.

-¿En tus sueños? ¿Has ido en tus sueños, Dorian?

Hawkmoon se encogió de hombros.

-A veces tengo la sensación de que, en mis sueños, he estado en todas partes, en todas las eras de la Tierra, incluso más allá de la Tierra y los demás planetas. Estoy convencido de una cosa: hay un millar de otras Tierras, incluso un millar de otras galaxias, y lo que ocurre en nuestro mundo se refleja en los demás; los mismos destinos se desarrollan de maneras sutilmente diferentes. Si estos destinos son controlados por nosotros, o por otras fuerzas sobrenaturales, no lo sé ¿Existen los dioses, Yisselda?

-El hombre crea a los dioses. Bowgentle expresó en cierta ocasión la opinión de que la mente del hombre es tan poderosa que puede convertir en «real» cualquier cosa, si necesita con desesperación que sea real.

-Y tal vez esos otros mundos son reales porque, en alguna época de nuestra historia, los necesitó mucha gente. ¿Puede explicarse así la creación de los mundo alternativos?

Yisselda se encogió de hombros.

-Por más información que nos den, dudo mucho de que tú y yo podamos probarlo.

Abandonaron el tema de mutuo acuerdo y se recrearon en la magnificencia de los paisajes que pasaban bajo ellos. El ornitóptero se dirigía hacia el norte, hacia las costas, y sobrevoló las torres campanilleantes de Parye, la Ciudad de Cristal, restaurada en todo su esplendor. Los prismas y las agujas de Payre, creados gracias a la antiquísima y críptica tecnología de la ciudad, se reflejaban y transformaban en los colores del arcoiris. Observaron edificios enteros, nuevos y viejos, encerrados dentro de inmensas estructuras de cristal, en apariencia sólidas, de ocho, diez y doce lados.

Se apartaron de las portillas, deslumbrados, pero aún capaces de ver el cielo que les rodeaba, henchido de colores suaves y pulsátiles, aún capaces de oír el dulce timbre musical de los adornos de vidrio que los ciudadanos de Parye utilizaban para embellecer sus calles pavimentadas de cuarzo. Incluso los señores del Imperio Oscuro habían respetado a Parye; incluso aquellos enloquecidos y sanguinarios destructores habían contemplado a Parye con admiración.


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